jueves, 23 de diciembre de 2021

Nativitas Domini nostri Iesu Christi

I
saías 7:14 “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” Isaías 9:5 “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” Miqueas 5:1 “Pero tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir el que será Señor en Israel; y cuyos orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad.”

*

Del Santo Evangelio 
según San Lucas 2,1-20:

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que mientras ellos estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso velando por turno su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de gran temor. Y el ángel les dijo:

No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Y de pronto se juntó con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababa a Dios, diciendo:

¡Gloria a Dios en las alturas!
y en la tierra paz
a los hombres en quienes Él se complace

A continuación, un fragmento bellísimo de las visiones que Ana Catalina de Emmerick (1774-1824; una de las grandes místicas católicas de los últimos siglos, beatificada por el papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004) tuvo acerca de Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. El conjunto de sus visiones, del cual forma parte este fragmento, fue relatado por ella misma en sus últimos años de vida al escritor Clemente Brentano. Por supuesto, estas visiones no son verdad revelada, como sí lo son los Evangelios, sin embargo nos complace subirlo a esta bitácora por su belleza deslumbrante. Helo aquí:

"He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el pecho. El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía.

Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.
Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces que los ángeles, en forma humana, se hincaban delante del Niño recién nacido para adorarlo.

He visto en muchos lugares, hasta en los más lejanos, una insólita alegría, un extraordinario movimiento en esta noche. He visto los corazones de muchos hombres de buena voluntad reanimados por un ansia, plena de alegría, y en cambio, los corazones de los perversos llenos de temores.
A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores, había una colina. En las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores. Al nacimiento de Jesucristo vi a estos tres pastores muy impresionados ante el aspecto de aquella noche tan maravillosa; por eso se quedaron alrededor de sus cabañas mirando a todos lados.

Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria sobre la gruta del pesebre. Mientras los tres pastores estaban mirando hacia aquel lado del cielo, he visto descender sobre ellos una nube luminosa, dentro de la cual noté un movimiento a medida que se acercaba. Primero vi que se dibujaban formas vagas, luego rostros, y finalmente oí cantos muy armoniosos, muy alegres, cada vez más claros. Como al principio se asustaron los pastores, apareció un ángel entre ellos, que les dijo: ‘No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo de Israel. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre’. Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez más intenso a su alrededor. Vi a cinco o siete grandes figuras de ángeles muy bellos y luminosos. Oí que alababan a Dios cantando: ‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’.

 


Mari y Jordi

sábado, 4 de diciembre de 2021

Caminito a Belén.

Autor: Mike Moyers

Mirad las estrellas. 
(Himno del Oficio de Lecturas en Adviento)

1. Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

2. Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.



Jordi y Mari

domingo, 28 de noviembre de 2021

Tiempo de Adviento.



El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡¡Santa María!!

(Padre Jesús del Castillo)




Adeste fideles laeti triumphantes
Venite, venite in Bethlehem
Natum videte, Regem angelorum
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Cantet nunc io Chorus angelorum,
Cantet nunc aula caelestium
Gloria, gloria in excelsis Deo
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Aeterni Parentis splendorem aeternum,
Velatum sub carne videbimus:
Deum Infantem, pannis involutum
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Ergo qui natus die hodierna
Jesu, tibi sit gloria
Patris aeterni Verbum caro factum
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.
 
Deum de Deo, Lumen de Lumine,
Gestant puellae viscera,
Deum verum, Genitum non factum.
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

En grege relicto, humiles ad cunas,
Vocati pastores adproperant:
Et nos ovanti gradu festinemus.
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Stella duce magi, Christum adorantes,
Aurum, tus, et myrrham dant munera.
Iesu infanti Corda praebeamus;
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Pro nobis egenum, et foeno cubantem,
Piis foveamus amplexibus:
Sic nos amantem quis non redamaret?
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.


Jordi y Mari

domingo, 16 de mayo de 2021

La luz de Cristo y Nuestra Señora la Virgen María en el Señor de los Anillos

He aquí que el sitio web Infovaticana recién ha publicado un texto que versa sobre El Retorno del Rey, tercera parte de El Señor de los Anillos. Trata el artículo sobre la relación que existe entre la Dama Galadriel y Nuestra Señora la Virgen María, relación que nos parece evidentísima a los católicos amén que así lo confesó el mismo J.R.R. Tolkien. El texto es obra del P. José María (Paterjm) y por su belleza y luminosidad he aquí que lo copiamos en esta bitácora. Helo aquí:

Por Paterjm | 15 mayo, 2021:

Este fin de semana asistiremos al colofón del gran evento cinematográfico del año: el reestreno El señor de los anillos con motivo de su vigésimo aniversario. En efecto, durante este mes de mayo hemos podido disfrutar otra vez de la cinta que lo inició todo: La comunidad del anillo; de su flamante continuación: Las dos torres, y ahora, de su final: El retorno del rey. De las tres, esta última es quizás la que encierra una iconografía cristológica más evidente; por este motivo, intentaremos arrojar un poco de luz sobre ella, de manera que la disfrutemos en mayor medida cuando la veamos por última vez en pantalla grande.

Antes de comenzar, debemos acordarnos de que Tolkien nunca quiso hacer una alegoría explícita sobre la fe, sino que esta apareció en su obra de manera paulatina y casi sin que él se diera cuenta (¿no fue el mismísimo Señor quien aseveró: «De lo que abunda el corazón habla la boca»?); es más, en una de sus cartas asegura que incluso renunció a que aparecieran ceremonias religiosas, para no identificar a sus personajes con un credo concreto. Pero ello no obsta para que el catolicismo rezume en cada una de sus páginas y que él mismo corrobore que se trata de un libro eminentemente religioso y especialmente católico.

Sin embargo, hay dos personajes en el libro (y en la película) que sí pueden ser identificados fácilmente con dos protagonistas de la historia sagrada: estamos hablando de Galadriel y Aragorn, que simbolizan de manera respectiva a la Virgen María y Jesucristo. Y así, aunque el verdadero objeto de nuestro texto es el segundo, pues es el que implícitamente da título al film (y al libro), será conveniente también que indaguemos en la figura de la primera. Como decíamos en el artículo anterior, hoy se pretende dar una interpretación arreligiosa de la novela, pero eso es harto difícil, puesto que la fe –la católica– está presente en toda ella, y Galadriel (o la Virgen María, banderín característico de cualquier católico) es prueba de ello.

Muchos años antes de publicar El señor de los anillos, J.R.R. Tolkien le dedicó a la Madre de Dios este poema navideño: 


«María en este mundo de abajo cantó

oyeron elevarse su canción 

sobre la niebla y la nieve de la montaña

hasta los muros del paraíso

y se agitó la lengua de muchas campanas 

al sonar en las torres del cielo 

cuando se oyó la voz de una doncella mortal

era la madre del Rey celestial. Feliz es el mundo 

y clara es la noche

con estrellas sobre su cabeza

y el salón repleto de risas y luz 

y los fuegos ardiendo rojos. Las campanas del paraíso 

suenan ahora

con repiques de Cristiandad

y ‘Gloria’, ‘Gloria’ cantaremos 

que Dios a la tierra acaba de llegar»

 

Y es que él siempre consideró a la Virgen María como un modelo de maternidad perfecta, de entrega, luz y cariño, pues así se lo había enseñado su propia madre, que murió en la miseria después de que se familia la repudiase al convertirse al catolicismo.

Años después, el confesor del escritor, el jesuita Robert Murray, consciente de esta devoción, no bien leyó El señor de los anillos, le preguntó si Galadriel era una alegoría de la Virgen, a lo que aquel respondió que sí; más aún, le aseguró que en ella se fundaba toda su escasa percepción de la belleza, tanto en majestad como en simplicidad, y que por este motivo había querido representarla en la dama de los elfos. Y es fácil intuirlo, porque ambas mujeres son hermosas y nobles, y vencen el mal con la fuerza de su humildad (cfr. Lc 1, 48. 52); además, ambas son mediadoras de todas las gracias, puesto que conceden a los cristianos (o a la comunidad del anillo) los elementos que necesitan para progresar en su camino (en el caso de Galadriel, la luz de Eärendil, con la que se vence el poder de las tinieblas, como quedará claro en el antro de Ella-Laraña)[1].

El director de la cinta, Peter Jackson, sabedor de esta implicación religiosa, quiso que en su obra quedara de manifiesto el aura espiritual de Galadriel. Por este motivo, se inspiró en las apariciones de la Virgen para describir a la dama elfa: su cabello lacio, su tez blanca y su ropa inmaculada dan fe de ello. Sobre todo, hay una expresión que él mismo acuñó y que recoge muy bien este empeño por mantener viva la esencia mariana del personaje: «Sus ojos eran jóvenes, pero en lo profundo se veía su eterna sabiduría, como si en ellos se reflejase la luz de las estrellas»[2]. Por esta razón, compró miles de bombillas de Navidad, para que inundasen con su titilante resplandor el set, como si el cielo hubiese bajado al suelo que estaba siendo hollado por la Madre de Dios (o por la reina de los elfos)[3].

¿Y qué pasa con Aragorn, auténtico objeto de nuestro estudio? Si recordamos, el mundo había quedado bajo el poder del demonio cuando este engañó al hombre, para que desobedeciese a Dios y comiera del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (o bien, la Tierra Media había quedado bajo el dominio de Sauron cuando este engañó a los hombres, haciéndoles creer que con su anillo serían poderosos). De este modo, el rey de la creación, Cristo (cfr. Col 1, 12-20), se vio desplazado de su trono, aunque nunca renegó de él, por lo que decidió volver y recuperarlo. Para ello, aun teniendo dignidad divina, se disfrazó de mendigo, pues tomó carne humana para pasar por uno de tantos (cfr. Flp 2, 6-11); buscó a un grupo de compañeros, para que le ayudasen a divulgar su mensaje, y finalmente recuperó su corona y gobernó (y aún gobierna) sobre toda la tierra.

Aragorn, pues, es ese monarca absoluto de la Tierra Media que es profetizado desde antiguo, el que ha de regir los destinos de los pueblos con mano misericordiosa; es el rey cuya corona le ha sido arrebatada por el enemigo, pero que él reclama para bien de los suyos. Según las leyendas, será reconocible porque, entre otras cosas, tendrá poder para curar milagrosamente mediante la imposición de sus manos (como Cristo en el Evangelio). Pero no volverá majestuosamente, sino que se disfrazará como uno de tantos –como un montaraz cualquiera–, para recuperar lo que proviene de su padre, y tendrá un grupo de amigos fieles que pedirán también su regreso al trono. Y no sólo, también bajará a los infiernos para redimir a los hombres que yacen en él y hacerlos miembros de su séquito, de la Iglesia (como Cristo bajó al purgatorio para hacer lo propio con las personas que le habían sido fieles, pero que aún no podían ascender a los cielos)[4].

Pero como decíamos en el artículo anterior, Tolkien no quiere identificar explícitamente a sus personajes con los protagonistas de la historia sagrada. Por este motivo, esta metáfora cristológica también puede ser encontrada en otros momentos del relato: por ejemplo, en Frodo, que carga con el anillo –el pecado– para arrojarlo al monte del Destino y que el hombre, por tanto, no vuelva a ser esclavizado por él; o en Sam, que ayuda a Frodo a portar la maligna sortija, ¡y a portar al propio Frodo!, como Cristo, que siendo cireneo de todos nosotros, nos ayuda a cargar con nuestra cruz de cada día (cfr. Mt 16, 24). Incluso en El hobbit podemos encontrar esta diáfana comparación, pues el enano Thorin también reclama su trono (esta vez, bajo la montaña Solitaria), y para ello se sirve de la fidelidad de doce compañeros (y del famoso Bilbo Bolsón).

El caso de Bilbo en El hobbit merecería un artículo aparte, pues también es un relato cristológico sobre la recuperación del trono, la vocación (Bilbo siente la llamada a colaborar con Cristo en este empeño y es impulsado por el poder de la gracia) y el papel de la Providencia en todo ello: «—¡Entonces las profecías de las viejas canciones se han cumplido de alguna manera! —dijo Bilbo. —¡Claro! —dijo Gandalf—. ¿Y por qué no tendrían que cumplirse? ¿No dejarás de creer en las profecías solo porque ayudaste a que se cumplieran? No supondrás, ¿verdad?, que todas tus aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia, ¡eres solo un simple individuo en un mundo enorme!». En las películas (muy criticadas por ser tres, cuando el libro da solamente para una, pero que a mí me parecen magníficas) está muy bien representada esta metáfora; aunque, como decimos, será objeto de un siguiente texto, no de este.

Ahora, sin embargo, solo nos queda disfrutar de El retorno del rey, que llega de vuelta este fin de semana a nuestras pantallas. Y cuando la veamos, acordémonos de esa simbología implícita de Cristo, que es el mesías esperado, el auténtico rey de la Tierra Media, que ha venido para recuperar su trono y aherrojar a Sauron en el infierno. Y cuando salgamos del cine, preguntémonos si queremos formar parte de esa comunidad del anillo, la que ha sido llamada a colaborar con la vuelta del monarca, para colocarle la corona que nunca debería haber perdido. Por mi parte, estoy dispuesto a luchar a su favor –¡contad con mi hacha!–, y aunque sea débil, y le falle una y otra vez (me convierta a veces en un Boromir cualquiera), procuraré serle fiel hasta el final: «Te habría seguido, mi hermano, mi capitán, mi rey»[5].


 


[1] Otra gracia que reciben los aventureros es el pan élfico (o lembas), símbolo ineludible de la eucaristía.

[2] Hay que decir que esta expresión la parafrasea Jackson del propio Tolkien, quien, para describir a Galadriel (y a Celeborn), dice: «No había ningún signo de vejez en ellos, excepto quizás en lo profundo de los ojos, pues estos eran penetrantes como lanzas a la luz de las estrellas y, sin embargo, profundos, como pozos de recuerdos».

[3] Tan orgulloso se sintió Jackson de esta interpretación que quiso que Galadriel volviese a aparecer bajo las mismas condiciones en El hobbit, la trilogía de precuelas de El señor de los anillos, pese a que en el texto original de Tolkien no esté.

[4] Propiamente, Cristo bajó al seno de Abrahán, un espacio –ya cerrado– donde las almas justas aguardaban la redención que él trajo al mundo.

[5] Por cierto, atención al momento en que Gandalf le explica a Pippin que la muerte es solo otro sendero que recorreremos todos: «El velo gris de este mundo se levanta, y todo se convierte en plateado cristal. Es entonces cuando se ve… la blanca orilla, y más allá, la inmensa campiña verde tendida ante un fugaz amanecer». ¡Catolicismo puro!



domingo, 11 de abril de 2021

El quehacer del artista. Inspiración y recreación del mundo

He aquí una magnífica joya audiovisual a cargo del profesor Eduardo Segura, historiador, filósofo, filólogo y especialista en Tolkien, que tuvo lugar en Granada en el año del Señor de 2018.

Tal y como nos explica la información del vídeo, se trata de la recopilación en un sólo documento de seis partes inicialmente diferenciadas aunque íntimamente relacionadas. Y son estas, junto con el minutaje que las localiza en el vídeo: 

Parte I: Imaginación, confianza y belleza. 00:00-11:50.

Parte II: De la Gran Guerra a la Tierra Media: palabras, canciones, memoria. 11:50-23:40.

Parte III: La inspiración lingüística de El Silmarillion. 23:40-35:57.

Parte IV: Palabras y recreación del mundo. 35:57-47:37.

Parte V: El SIlmarillion: arte y sentido. 47:37-59:42.

Parte VI: Mito-poeia: el quehacer del artista como teo-logía. 59:42-01:06:42

domingo, 4 de abril de 2021

Surrexit Dominus vere, Alleluia, Alleluia!!!

Es la gran noticia que atraviesa la historia: ¡¡¡Cristo ha resucitado!!! Con la resurrección de Jesucristo Nuestro Señor se inaugura el fin de los tiempos pues la muerte, consecuencia del Pecado, ha sido vencida. En la Pascua de resurrección la Cruz se transforma en el nuevo y definitivo árbol de la vida para los bautizados en Cristo que en Él creen. Y así, Cristo resucitado continúa llamando, hoy, a los muertos que caminan por las calles respirando la nada y yendo hacia la nada (ojo, una nada eterna que existe y arde como el mismísimo ojo de Sauron). Surrexit Dominus vere, Alleluia, Alleluia!!! 

¡¡¡Feliz Pascua de resurrección!!!

"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?"
(Lucas, 24 - 5)

*

Regina caeli, laetare, alleluia.
Quia quem meruisti portare, alleluia.
Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
Ora pro nobis Deum, alleluia.
Gaude et laetare Virgo María, alleluia.
Quia surrexit Dominus vere, alleluia.







Mari y Jordi

sábado, 3 de abril de 2021

Sábado Santo.

Miguel Ángel -'La Piedad' (1498-1499)
Basílica de San Pedro, Ciudad del Vaticano -Roma.

jueves, 1 de abril de 2021

La Última Cena.

 Vitral policromado de la Última Cena -Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén, Roma.

domingo, 28 de marzo de 2021

Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor

Grabado de Hans Collaert

DOMINGO DE RAMOS Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 

(24 de marzo de 2002)


1. "Pueri hebraeorum, portantes ramos olivarum... Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor".

Así canta la antífona litúrgica que acompaña la solemne procesión con ramos de olivo y de palma en este domingo, llamado precisamente de Ramos y de la Pasión del Señor. Hemos revivido lo que sucedió aquel día:  en medio de la multitud llena de alegría en torno a Jesús, que montado en un pollino entraba en Jerusalén, había muchísimos niños. Algunos fariseos querían que Jesús los hiciera callar, pero él respondió que si ellos callaban, gritarían las piedras (cf. Lc 19, 39-40).

También hoy, gracias a Dios, hay un gran número de jóvenes aquí, en la plaza de San Pedro. Los "jóvenes hebreos" se han convertido en muchachos y muchachas de todas las naciones, lenguas y culturas. Queridos jóvenes, ¡sed bienvenidos! Os dirijo a cada uno mi más cordial saludo. Esta cita nos proyecta hacia la próxima Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en Toronto, ciudad canadiense, una de las más cosmopolitas del mundo. Allí ya se encuentra la Cruz de los jóvenes, que hace un año, con ocasión del domingo de Ramos, los jóvenes italianos entregaron a sus coetáneos canadienses.

2. La cruz es el centro de esta liturgia. Vosotros, queridos jóvenes, con vuestra participación atenta y entusiasta en esta solemne celebración, mostráis que no os avergonzáis de la cruz. No teméis la cruz de Cristo. Es más, la amáis y la veneráis, porque es el signo del Redentor muerto y resucitado por nosotros. Quien cree en Jesús crucificado y resucitado lleva la cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor. Con la entrega total de sí, precisamente con la cruz, nuestro Salvador venció definitivamente el pecado y la muerte. Por eso aclamamos con júbilo:  "Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, porque con tu cruz has redimido al mundo".

Giotto di Bondone
3. "Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo
levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre" (Aclamación antes del Evangelio). Con estas palabras del apóstol san Pablo, que ya han resonado en la segunda lectura, acabamos de elevar nuestra aclamación antes del comienzo de la narración de la Pasión. Expresan nuestra fe:  la fe de la Iglesia.

Pero la fe en Cristo jamás se da por descontada. La lectura de su Pasión nos sitúa ante Cristo, vivo en la Iglesia. El misterio pascual, que reviviremos durante los días de la Semana santa, es siempre actual. Nosotros somos hoy los contemporáneos del Señor y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si estamos con él o escapamos o somos simples espectadores de su muerte.

Todos los años, durante la Semana santa, se renueva la gran escena en la que se decide el drama definitivo, no sólo para una generación, sino para toda la humanidad y para cada persona.

4. La narración de la Pasión pone de relieve la fidelidad de Cristo, en contraste con la infidelidad humana. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, incluido Pedro, abandonan a Jesús (cf. Mt 26, 56), él permanece fiel, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que le confió el Padre. Junto a él permanece María, silenciosa y sufriente.

Queridos jóvenes, aprended de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. La verdadera fuerza del hombre se ve en la fidelidad con la que es capaz de dar testimonio de la verdad, resistiendo a lisonjas y amenazas, a incomprensiones y chantajes, e incluso a la persecución dura y cruel. Por este camino nuestro Redentor nos llama para que lo sigamos.

Sólo si estáis dispuestos a hacerlo, llegaréis a ser lo que Jesús espera de vosotros, es decir, "sal de la tierra" y "luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Como sabéis, este es precisamente el tema de la próxima Jornada mundial de la juventud. La imagen de la sal "nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4)" (Mensaje para la XVII Jornada mundial de la juventud).

Queridos jóvenes, ¡no perdáis vuestro sabor de cristianos, el sabor del Evangelio! Mantenedlo vivo, meditando constantemente el misterio pascual:  que la cruz sea vuestra escuela de sabiduría. No os enorgullezcáis de ninguna otra cosa, sino sólo de esta sublime cátedra de verdad y amor.

5. La liturgia nos invita a subir hacia Jerusalén con Jesús aclamado por los muchachos hebreos. Dentro de poco "padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día" (Lc 24, 46). San Pablo nos ha recordado que Jesús "se despojó de sí mismo tomando condición de siervo" (Flp 2, 7) para obtenernos la gracia de la filiación divina. De aquí brota el verdadero manantial de la paz y de la alegría para cada uno de nosotros. Aquí está el secreto de la alegría pascual, que nace del dolor de la Pasión.

Queridos jóvenes amigos, espero que cada uno de vosotros participe de esta alegría. Aquel a quien habéis elegido como Maestro no es un mercader de ilusiones, no es un poderoso de este mundo, ni un astuto y hábil pensador. Sabéis a quién habéis elegido seguir:  a Cristo crucificado, a Cristo muerto por vosotros, a Cristo resucitado por vosotros.

Y la Iglesia os asegura que no quedaréis defraudados. En efecto, nadie, excepto Él, puede daros el amor, la paz y la vida eterna que anhela profundamente vuestro corazón. ¡Dichosos vosotros, jóvenes, si sois fieles discípulos de Cristo! ¡Dichosos vosotros si estáis dispuestos a testimoniar, en cualquier circunstancia, que verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios! (cf. Mt 27, 39).

Que os guíe y acompañe María, Madre del Verbo encarnado, dispuesta a interceder por todo hombre que viene a esta tierra.



Mari y Jordi

domingo, 3 de enero de 2021

Θεοφάνεια

Marcello Corti

Isaías 60,1-6 “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.”

 *

 Del Santo Evangelio según San Mateo 2,1-12:

Los tres Reyes Magos, 1860
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.” En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
 
Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:” “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.”

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.”

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.







Vamos humildemente, humildes son los cielos,
y brilla intensamente la estrella, baja, enorme,
y descansa el pesebre tan cerca de nosotros
que habremos de viajar lejos para encontrarlo.
¡Escuchad! Se despierta como un león la risa,
resuena su rugido en la llanura
y el cielo entero grita y se estremece
porque Dios en persona ha nacido de nuevo,
y nosotros tan sólo somos niños pequeños
que bajo lluvia y nieve prosiguen su camino.

(G.K. Chesterton)
Mari y Jordi