domingo, 3 de junio de 2018

Tolkien: Creador de la Tierra Media (The Bodleian Library, Universidad de Oxford)


Ilustración de Tolkien para El Hobbit.
Fotografía: The Tolkien Trust 1977

"Tolkien era un genio con un enfoque único de la literatura", dice Richard Ovenden, bibliotecario de la Bodleian Library, en la Universidad de Oxford . Y agrega: "Su mundo imaginado fue creado a través de una maravillosa combinación entre su profunda erudición, su rica imaginación y su poderoso talento creativo, todo ello aderezado, además, por sus propias experiencias vitales, su profunda Fe Católica y el inmenso amor que le profesaba a su esposa Edith. Estamos, pues, increíblemente orgullosos de poder mostrar al público el archivo de Tolkien en esta exposición". 

Ilustracion de Tolkien para El Hobbit.
Fotografía: The Tolkien Trust 1977

Por cierto, la exposición Tolkien: Creador de la Tierra Media, se encuentra en la principal biblioteca de investigación de la Universidad de Oxford y una de las más antiguas de Europa: The Bodleian Library. Y lo hace desde el 29 de mayo hasta el 28 de octubre del corriente. Y para más inri, va y se encuentra a tiro de piedra del pub The Eagle and Child
Para más información sobre esta gozada de exposición, clicar aquí.

domingo, 20 de mayo de 2018

Iglesia y nuevo orden mundial. Notas orientativas (Por Don David Glez Alonso Gracián)

A continuación, un certero análisis sobre la deriva totalitaria que se cierne sobre todo el orbe. Sobre todos, sí, pero muy especialmente sobre la catolicidad del mensaje salvífico de Jesucristo. Sobre la Verdad. El texto se encuentra en el portal InfoCatólica y su autoría corresponde, en su integridad, a David Glez Alonso Gracián.

Efectivamente, en palabras del autor: «Los valores del nuevo orden apisonan, nivelan, horizontalizan, obligando (por ley) a mirar todas las cosas a ras del suelo; dinamitan la verticalidad para fundar solares yermos, sobre los cuales edificar la ciudad terrena planetaria. Pero la Iglesia no está indefensa ante el horizontalismo mundial, salvo que acepte sus principios y se terrenalice». Cierto, solares yermos, negación de la verticalidad trascendente del Hombre, reducción del mensaje salvífico de Nuestro Señor Jesucristo a una suerte de modo de hacer (y pensar) que no ofenda ni contravenga de manera abierta la Weltanschauung globalista y el puño de hierro de su pensamiento único, marca de fábrica (o de la bestia) del Nuevo Orden Mundial. Disolución de la Verdad en una serie de reflejos relativos (o juego de Nadas y vacíos, de sombras) que nos recuerdan demasiado al marxismo cultural lanzado en los años treinta del siglo pasado por la Escuela de Frankfurt. Modernismo, en suma, contra el que advirtió, antes, el Papa Pio X en su Carta Encíclica Pascendi. Citando de nuevo a Don Alonso Gracián: «Todavía, sin embargo, hay quienes creen que 1789 se puede leer en católico. Pero si la Iglesia adopta por ósmosis los principios neotéricos,  pierde su identidad y desactiva su mediación salvífica» ¿Frente a ello? Evangelio, Magisterio, Tradición. VerdadNuestro Señor Jesucristo.

Les dejo, pues, con el texto íntegro del Sr. David Glez Alonso Gracián.


*


Iglesia y nuevo orden mundial. Notas orientativas


1.- La difusión planetaria de un nuevo orden antimetafísico es un obstáculo para la Iglesia en el mismo sentido en que lo es la revolución.

Más aún, por ser el proceso de globalización un proceso revolucionario sin fecha, es un obstáculo crítico, que exige lo mejor y más sólido del pensamiento católico para poder ser salvado.
Todavía, sin embargo, hay quienes creen que 1789 se puede leer en católico. Pero si la Iglesia adopta por ósmosis los principios neotéricos,  pierde su identidad y desactiva su mediación salvífica.  El mayor reto es mantener incólume su doctrina y enderezada su praxis, siempre ordenada al fin último y a hacer posible la vida virtuosa personal y social. 

2.- En cuanto nuevo orden, va precedido de graves conflictos y enormes sufrimientos. Pienso, por ejemplo, en la II Guerra Mundial, que le sirve de preparación.

Como todo aplanamiento axiológico general, tan propio de apisonadoras totalitaristas, el proceso globalizador produce una uniformación positivista de las conciencias. (A las que se reserva, en cambio, para salvar las apariencias, un núcleo privado de subjetivismo, el suficiente para hacer posible su  pluralidad, necesariamente relativista.)

3.- Los valores del nuevo orden apisonan, nivelan, horizontalizan, obligando (por ley) a mirar todas las cosas a ras del suelo; dinamitan la verticalidad para fundar solares yermos, sobre los cuales edificar la ciudad terrena planetaria. Pero la Iglesia no está indefensa ante el horizontalismo mundial, salvo que acepte sus principios y se terrenalice.

4.- Comenta Ernst Jünger en sus Diarios Pasados los setenta V, que «desde el punto de vista histórico, al estado mundial le precede un Accio», tras el cual comienza el largo período del Imperio; esto es, una gran batalla que entierra el viejo orden, e inaugura la nueva era de la globalidad; una disolución cainita, que clausura lo antiguo y da comienzo a lo nuevo.

Tal vez, sin embargo, continúa Jünger, «Accio se quede en nada», es decir, un conflicto global no sea necesario para pasar al Estado mundial. El desencadenante podría ser, también, un proceso sin límites precisos, que correspondería al papel unificador de la técnica, y más concretamente de la democracia tecnológica. Gracias a ésta, pienso yo, se pretendería reconfigurar la mundialidad sin ruptura de fronteras. Se fundaría una superadministración positivista, una macroestatalidad moderna, cuya potente burocracia disolvería, poco a poco, las soberanías nacionales y haría posible la transmutación del derecho.
Concluye. «Esto podría significar que el tránsito a un Estado mundial ha tenido lugar ya, sin que se haya percibido»
El Estado Mundial no ha necesitado una batalla de Accio. Le ha bastado revolucionar tecnológicamente el mundo, y no como hecho consumado, sino como imperativo categórico.

5.- El Estado mundial, sin embargo, es un hecho no acaecido como hecho, sino como proceso; no como espacio formal, sino como tiempo. No como estado concreto propiamente dicho, sino como estado mundial transversal.

6.- La ética mundial, llamada por el nuevo orden a sustituir al ethos católico, se difunde por los estados y sociedades usurpando el papel que corresponde a la ley moral. Contrafigura de la Iglesia, el Estado mundial propaga sus valores de contracatolicidad:

en lugar de universalidad, globalidad; en lugar de mandamientos, normas generales (siempre entendidas en sentido convencional); en lugar de unidad católica, pluralismo axiológico y agnosticismo institucional.

7.- 1789 es una fecha imposible de leer en cristiano, salvo globalizándola; entonces cobra apariciencia de ethos general, y puede hacerse pasar por ética católica. ¡Despierta pronto, Iglesia, sobre esto!

8.- Para comprender la globalización es fundamental distinguir, como hace Rafael Gambra, entre comunidad y coexistencia. Frente a la comunidad en la verdad, se difunde, a nivel planetario, la coexistencia de opiniones.  Frente a la unidad social, el pluralismo distópico. 

9.- La globalización toma la forma, también, de una pulverización legal, democrática, de la ley eterna, sin fecha, indefinida, siempre en proceso.

10.- Puede entenderse, sobre todo, como uniformidad ambigua y anómica, trabajo de titanes,  Ánomos y Anfíbolos.

Un gobierno mundial que no es concretamente un gobierno, pero que gobierna; y una anomia planetaria traducida en leyes.

11.- La concepción natural del estado como comunidad política ha sido sustituida por una visión burocrática de la potentia absoluta luterana y nominalista, o más concretamente como la entiende Nietzsche: pura voluntad de poder en sede administrativa.

12.- La burocracia es el statu quo del estado moderno global, y el derecho administrativo su arquitectura efímera.

13.- La globalización es una imitación revolucionaria de la catolización.

14.- Detrás de la utopía del estado global se agazapan, sobre todo, errores teológicos.

15.- Es por eso que la Iglesia, si se libera del personalismo, que inevitablemente congenia con la “sana” globalización laica, puede arrojar mucha luz. Pero antes debe recuperar la virtud de la clasicidad, esto es: la de no apartarse ni un ápice de lo tradicional.

y 16.- Puede parecer que tras los muros de la ciudad global no hay salida, ni camino que tomar. Que no hay sendero a la realidad, ni opción alguna. Pero no es cierto. La Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15) tiene remedios poderosos contra los titanes. Ánomos y Ánfilbolos se deshacen, como sombra gaseosa, frente a la realeza del Logos.

La Iglesia sigue siendo el Cuerpo de Cristo, sigue siendo societas perfecta, sigue siendo una puerta, la única puerta, en medio de un muro. 

Sólo hay que pedir ayuda y atravesar el umbral. Entonces se penetra en la Casa del Dios vivo, donde hay recursos. No ociosos, ni vanos, ni de otra época, sino eficaces, perennes y veraces. Sólo hay que recuperar el numen católico.


David Glez Alonso Gracián

sábado, 31 de marzo de 2018

"El misterio del Sábado Santo", por el Papa Benedicto XVI

Imagen tomada del Centro español de Sindonología
He aquí un artículo que, por su belleza, profundidad e interés, paso a copiar en esta bitácora. Se trata de la reflexión que hizo el Papa Benedicto XVI el día 2 de mayo de 2010 cuando, venerando la Sábana Santa, predicó sobre “el misterio del Sábado Santo”:


Queridos amigos:

  Este es un momento muy esperado para mí. En otras varias ocasiones he estado ante la Sábana Santa, pero ahora vivo esta peregrinación y este momento con particular intensidad: quizá porque el paso de los años me hace todavía más sensible al mensaje de este extraordinario icono; quizá, y diría sobre todo, porque estoy aquí como Sucesor de Pedro y traigo en mi corazón a toda la Iglesia, más aún, a toda la humanidad. Doy gracias a Dios por el don de esta peregrinación y también por la oportunidad de compartir con vosotros una breve meditación, que me ha sugerido el subtítulo de esta solemne ostensión: «El misterio del Sábado Santo».

Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.

El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (…). Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos» (Homilía sobre el Sábado Santo: PG 43, 439). En el Credo profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos».

Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo, especialmente después de atravesar el siglo pasado, la humanidad se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez mayor. Al final del siglo XIX, Nietzsche escribió: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Esta famosa expresión, si se analiza bien, está tomada casi al pie de la letra de la tradición cristiana; con frecuencia la repetimos en el vía crucis, quizá sin darnos plenamente cuenta de lo que decimos. Después de las dos guerras mundiales, de los lagers y de los gulags, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos los que se interrogan sobre la vida; y de manera especial nos interpela a los creyentes. También nosotros tenemos que afrontar esta oscuridad.

Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Y esto me hace pensar en el hecho de que la Sábana Santa se comporta como un documento «fotográfico», dotado de un «positivo» y de un «negativo». Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis».

Este es el misterio del Sábado Santo. Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Me parece que al contemplar este sagrado lienzo con los ojos de la fe se percibe algo de esta luz. La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla, sin contar a quienes la contemplan a través de las imágenes, es porque en ella no ven sólo la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella habita el amor. Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este «Varón de dolores», que carga sobre sí la pasión del hombre de todos los tiempos y lugares, incluso nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados —«Passio Christi. Passio hominis»—, emana una solemne majestad, un señorío paradójico. Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? Habla con la sangre, y la sangre es la vida. La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida. Es como un manantial que susurra en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo en el silencio del Sábado Santo.

Queridos amigos, alabemos siempre al Señor por su amor fiel y misericordioso. Al salir de este lugar santo, llevamos en los ojos la imagen de la Sábana Santa, llevamos en el corazón esta palabra de amor, y alabamos a Dios con una vida llena de fe, de esperanza y de caridad. Gracias.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Nativitas Domini nostri Jesu Christi

Del Santo Evangelio según San Lucas 2,1-14:

En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. Y el ángel les dijo:

No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Y de pronto se juntó con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababa a Dios, diciendo:



¡Gloria a Dios en las alturas!
y en la tierra paz
a los hombres en quienes Él se complace







¡Oh navegantes!,
mi amada esposa y yo les deseamos:

Mari y Jordi


domingo, 11 de junio de 2017

Sobre la influencia de G.K. Chesterton en la obra de J.R.R. Tolkien (Por Joseph Pearce)

Hete aquí un notable fragmento del escritor y profesor Joseph Pearce que, dado su interés y belleza, no me resisto a copiar en esta bitácora. Por cierto, Joseph Pearce (Londres, 12 de febrero de 1961) es un escritor británico que ejerce desde 2012 como Escritor Residente y Profesor de Literatura en el Thomas More College of Liberal Arts en Merrimarck (New Hampshire).

*

G.K. Chesterton, 1905
The great G.K. Chesterton had a huge impact on my embrace of Christian orthodoxy. It would, in fact, be no exaggeration to say that his was the greatest single influence, under grace, on my conversion. I was, therefore, highly gratified to discover, during the research for my book Literary Converts, that Chesterton also had a significant influence on the conversions of many others, including writers such as Maurice Baring, Ronald Knox, and Graham Greene, as well as the actor Sir Alec Guinness. He was also a defining influence on C. S. Lewis, who had discovered Chesterton during World War One whilst recovering in a field hospital in France. A little later, it was Chesterton’s seminal work, The Everlasting Man(1), which had enabled Lewis to see the Christian outline of history laid out before him in a way that made sense, an epiphany which was a major milestone on Lewis’s journey to Christian conversion. It was, however, the famous “long night talk” between Lewis, J.R.R. Tolkien and Hugo Dyson in September 1931 which proved decisive to Lewis’s acceptance of Christianity. The topic of that “night talk” was what I call Tolkien’s philosophy of myth, an understanding of the priceless truth to be discovered in myths and fairy stories. It was this underlying philosophy which would inform the works of both Lewis and Tolkien in the years ahead, thereby blessing civilization with literary gems, such as The Lord of the Rings and The Chronicles of Narnia. Although this “night talk” is rightly celebrated for sowing the seeds of such beautiful literary fruits, it is not widely known that Tolkien’s “philosophy of myth” is itself a fruit of the seeds planted by Chesterton in his work Orthodoxy, published in 1908, when Tolkien was sixteen-years-old.

As a young man, Tolkien was an avid reader of Chesterton. He would have known Orthodoxy well. It is, therefore, not surprising that many of Tolkien’s own beliefs on the philosophy of myth, as outlined in his important published lecture “On Fairy Stories,” are to be found in the chapter of Orthodoxy entitled “The Ethics of Elfland.” Take, for instance, Tolkien’s assertion in his lecture that fairy-stories “were plainly not primarily concerned with possibility, but with desirability,” and compare it with these lines from “The Ethics of Elfland”:

The things I believed most then [when he was a child], the things I believe most now, are the things called fairy tales. They seem to me to be the entirely reasonable things… Fairyland is nothing but the sunny country of common sense. It is not earth that judges heaven, but heaven that judges earth; so for me at least it was not earth that criticized elfland, but elfland that criticized the earth.

G.K. Chesterton y J.R.R. Tolkien
Tolkien’s assertion that myths or fairy-stories are primarily concerned with desirability dovetails with Chesterton’s assertion that elfland dovetails with heaven, in the sense that elfland is the realm of moral rectitude, the kingdom of goodness, truth and beauty that every good man desires. It is heaven (the place of permanent perfection) that judges the earth (the place of transient imperfection). It is the good that judges the evil (and it is good that it does so). It is the true that judges the false; it is the beautiful that judges the ugly. This true order of things, which heaven and elfland share alike, is the way things should be, it is getting our moral bearings right, getting things the right way round, or the right side up. If this noble order of things is reversed so that the evil sits in judgment on the good and the false judges the true, we are in the presence of the chaos that the dragon brings, or the evil spell of the witch. Dragons and witches take many forms, in our world as well as in the world of fairyland. As Tolkien declares, the true order of things to be found in fairy-stories is a thing to be desired, especially in a world such as ours, which is full of dragons and in dire need of dragon-slayers. This desirability of fairy-stories does not merely dovetail with the things of heaven it can be said to be dove-winged, to borrow a phrase from Hopkins, insofar as it is a seed of desire planted by the Holy Spirit to lead us to Him. In this sense, those who turn their back on fairy-stories are turning their back on heaven.

There is, however, a sense in which those who turn their back on fairy-stories are also turning their back on the very world in which we live because, as Chesterton insists, we don’t live in the best of all possible worlds but the best of all impossible worlds. If we have the eyes of humility, the eyes of wonder, we will realize that we are living in a fairy-story, and not only any old fairy-story but the best of all fairy-stories. In “The Ethics of Elfland,” Chesterton seeks to remind us that “life was as precious as it was puzzling”: “It was an ecstasy because it was an adventure; it was an adventure because it was an opportunity.” It didn’t matter whether we considered ourselves pessimists or optimists. The important thing was that we were in the story of life and should be grateful for it:

The goodness of the fairy tale was not affected by the fact that there might be more dragons than princesses; it was good to be in a fairy tale. The test of all happiness is gratitude; and I felt grateful, though I hardly knew to whom. Children are grateful when Santa Claus puts in their stockings gifts of toys or sweets. Could I not be grateful to Santa Claus when he put in my stockings the gift of two miraculous legs? We thank people for birthday presents of cigars and slippers. Can I thank no one for the birthday present of birth?

To rephrase Chesterton’s lucidly beautiful prose into the language of the philosopher or the theologian, we can say that gratitude is the fruit of humility and that it opens the eyes to the marvelous gift of wonder. It is only once our eyes are open in this way that we can truly see and appreciate the wonderful fairy-story in which we find ourselves. This crucial reality, which is at the heart of the true realism to be found in fairy tales, was emphasized equally strongly be Tolkien in his published lecture. Discussing the gift of what he calls “recovery” in fairy tales, Tolkien’s words are an accurate reflection of Chesterton’s:

Recovery (which includes return and renewal of health) is a re-gaining—regaining of a clear view. I do not say “seeing things as they are” and involve myself with the philosophers, though I might venture to say “seeing things as we are (or were) meant to see them”—as things apart from ourselves. We need, in any case, to clean our windows; so that the things seen clearly may be freed from the drab blur of triteness or familiarity—from possessiveness… This triteness is really the penalty of “appropriation”: the things that are trite, or (in a bad sense) familiar, are the things that we have appropriated, legally or mentally. We say we know them. They have become like the things which once attracted us by their glitter, or their colour, or their shape, and we laid hands on them, and then locked them in our hoard, acquired them, and acquiring ceased to look at them.

G.K. Chesterton
This singular blindness, which Tolkien would satirize to great effect in his own great fairy-story, The Hobbit, dubbing it the dragon sickness, is the same blindness to the wonders of life of which Chesterton writes. Those who lack the humility to see with the eyes of wonder are not only blind to the gifts of toys or sweets, or cigars and slippers, but even to “the gift of two miraculous legs” with which they walk, or to the wonderful “birthday present of birth” with which they’ve been blessed.

Considering the congruence between Chesterton’s sense of gratitude and wonder and Tolkien’s discussion of “recovery” and the re-gaining of a clear view, it should come as no surprise that Tolkien continues his own discussion by paying tribute to “Chestertonian Fantasy” which “was used by Chesterton to denote the queerness of things that have become trite, when they are suddenly seen from a new angle.” There is little doubt that Chesterton had enabled the young Tolkien to see reality from a new and startling angle when the latter had first read Orthodoxy. Its influence would inspire the future author of The Lord of the Rings to formulate his own vision of “the ethics of elfland,” expressed in the lecture “On Fairy Stories” and in his own wonderful stories. There is no doubt that the great G. K. Chesterton cast a spell on the great J. R. R. Tolkien for which all lovers of Middle-earth should be inestimably grateful. (Texto original de Joseph Pearce)

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(1) Regalo de mi amada esposa por Sant Jordi, The Everlasting Man (El hombre eterno) es un clásico escrito por G.K. Chesterton allá por 1925. Su belleza, sublime. Su lectura, imprescindible.


Hallazgo audiovisual por parte de mi esposa y que complementa 
al post de manera sobresaliente. Visionado altamente recomendado

domingo, 15 de enero de 2017

Sobre el carácter atemporal y altamente edificante de la lectura de J.R.R. Tolkien

A continuación, un maravilloso artículo publicado en el diario La Gaceta por el periodista y escritor José Javier Esparza y que lleva por título:  "Gandalf está vivo y lucha con nosotros". La imagen que acompaña el artículo es de la red y de mi elección.
El pasado 3 de enero se cumplió el 125 aniversario del nacimiento de J.R.R. Tolkien, así que, aunque con retraso, valga también este post como homenaje y reconocimiento al autor.

*

Tolkien es uno de los autores más sugestivos del siglo XX. Hoy, gracias al cine, se ha convertido en uno de los más influyentes del siglo XXI. Su trilogía El Señor de los Anillos ha entrado en la cultura popular. Con ella, el mundo ha encontrado una voz que nos recuerda el valor del sacrificio y del heroísmo, y la importancia de salvar las cosas que dan un sentido profundo a la vida."

John Ronald Reuel Tolkien tuvo una infancia difícil. Vale la pena contarla, porque en ella aparecen muchos rasgos que después serán determinantes en su obra. Había nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, en 1892, en una familia inglesa. Su padre se dedicaba a vender diamantes para el Banco de Inglaterra. En aquel país desgajado entre bóers y británicos creció Tolkien hasta que una serpiente le mordió; los sucesivos problemas de salud del pequeño Ronald (así le llamaban) llevaron a la familia a volver a Inglaterra. Su padre permaneció en Sudáfrica con la idea de reunirse después con ellos, pero murió al año siguiente. Y así la familia Tolkien, madre y dos hijos, se encontró en el más absoluto desamparo.

Un maravilloso mundo interior

El niño Tolkien descubre dos cosas muy importantes. Una: la fe católica de su madre, Mabel, una auténtica heroína que se mata a trabajar para sacar a sus hijos adelante. Dos: los idiomas, que el pequeño Ronald estudia con pasión de coleccionista. Ronald es un buen estudiante. Su madre le ha enseñado el valor del esfuerzo. También le ha enseñado latín. Con cinco años lee y escribe fluidamente. El sacrificio de su madre y la aplicación del propio Ronald le permiten estudiar en buenos colegios. Pero Mabel muere a su vez en 1904, víctima de una diabetes. Los dos niños, Ronald y Hillary, quedan al cuidado de un sacerdote católico amigo de la familia, Francis Xavier Morgan. El padre Morgan, que era jerezano, enseñó a Tolkien unas nociones de español. Gracias a este cura encuentran los dos huérfanos un lugar donde vivir y un colegio donde estudiar. Ronald escoge la carrera de Filología Inglesa en Oxford.

¿Cuándo empieza Tolkien a concebir su obra? Desde muy pronto. Quizá porque no la concibe como una obra propiamente dicha, sino cómo un auténtico mundo interior. Tolkien está fascinado por lo medieval: lee las sagas escandinavas y el Kalevala finés, estudia las lenguas nórdicas y célticas, la filología griega y el anglosajón, frecuenta la compañía de hadas y caballeros. Con sus compañeros de Oxford crea un club (el “Tea Club of the Barrovian Society”) que reivindica la belleza medieval frente a la fealdad moderna.

Todas esas referencias eruditas, de tipo histórico y literario, se mezclan en el interior de Tolkien, como en un proceso alquímico, con los materiales de su vida cotidiana. Paisajes, edificios y personas adquieren un valor legendario. La granja de su tía es Bag End, Bolsón Cerrado. Las torres del orfanato de su infancia serán las torres oscuras de sus relatos. Viaja a Suiza en 1911 y descubre las montañas nevadas por donde viajará Bilbo Bolsón. Pasea por Cornualles y adivina acantilados poblados por elfos. Cuando su novia baile para él, surgirá la escena de amor entre Beren y Luthien. Todas y cada una de sus experiencias vitales se transforman en elementos de un relato que aún no tiene forma, pero que pronto la encontrará; Tolkien lo llamaba su “legendarium”. De momento, ese mundo imaginario de Tolkien está naciendo. Años más tarde, el propio Tolkien describirá así ese comienzo del mundo, entre la música aérea de los Ainur:

“Entonces les dijo Ilúvatar:-Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío.Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta, aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán Ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto”.

Mencionábamos antes a la novia de Tolkien. Hay que contar la historia, porque es muy reveladora sobre el carácter de nuestro autor. Era 1908 cuando Tolkien, dieciséis años, pupilo del orfanato, se enamoró de Edith Mari Bratt, tres años mayor que ella. ¡Y ella le correspondía! Pero el padre Morgan, el cura jerezano, temiendo que Ronald abandonara sus estudios, le prohibió tener ningún tipo de relación con ella, ni siquiera epistolar, hasta que cumpliera la mayoría de edad. Tolkien obedeció al pie de la letra: el mismo día que cumplió 21 años, escribió a Edith declarándole su amor y proponiéndole matrimonio. Se casarán tres años más tarde, en 1916, en plena guerra mundial, después de que Edith, por insistencia de Tolkien, se convirtiera al catolicismo. Tendrán cuatro hijos; el mayor se ordenará sacerdote.

Tolkien era un hombre leal, tanto a Edith como al padre Morgan… y a Inglaterra. Se graduó, en efecto, en Filología Inglesa, y con honores, tal y como el buen cura pretendía. Era 1915. Acto seguido, Ronald ha de atender sus deberes militares: Europa está en guerra y él se enrola como alférez en los fusileros de Lancashire. Antes de partir para Francia, al frente, se casa con Edith. Estará en la batalla del Somme, donde contrae la fiebre de las trincheras. Durante su convalecencia, de nuevo en Inglaterra, comienza a trabajar en El libro de los cuentos perdidos, la base de El Silmarillion, que es la guía, el plano general del “legendarium” de Tolkien. También termina de elaborar los alfabetos imaginarios de los elfos y los gnomos. El mundo de Tolkien empieza a tomar forma.

El valor eterno del mito

Con la guerra concluida, la vida de nuestro autor pasa a ser la de un típico profesor universitario: trabaja en Oxford, enseña en Leeds, vuelve a Oxford… Aquí constituye otro grupo de aficionados a la literatura, los Inklings, en el que traba amistad con C.S. Lewis, el autor de Crónicas de Narnia. Tolkien comienza a escribir El hobbit: es sólo un libro para sus hijos, pero empieza a circular entre sus alumnos, de mano en mano. Lewis le insiste en que debe publicarlo. El hobbit aparece en 1937; será un best-seller inmediato. La editorial, Allen & Unwin, quiere más. Tolkien envía El Silmarillion, pero los editores lo consideran demasiado complicado. Comienza entonces a escribir la fantasía épica El Señor de los Anillos, a partir del mismo mundo retratado en El Hobbit. Le llevará diez años.

Tolkien no concibe la fantasía como una simple evasión. Para él, el mito es una vía de descubrimiento siempre en relación con la verdad, que es insoslayable, y la fantasía literaria no es una ficción, sino una “segunda creación”. Tampoco se trata de una alegoría, sino que hay que verla como un camino para encontrar los arquetipos de la existencia, también y sobre todo en lo moral. Eso es lo que Tolkien llama mythopoeia.

Mientras tanto, el tiempo pasa y la guerra vuelve. Las ideas políticas de Tolkien son claras: católico, conservador, anticomunista. Ama la tradición, la tierra, la naturaleza. Como muchos ingleses de su tiempo, temía más a Stalin que a Hitler. Los acontecimientos, sin embargo, se desatarán por sí solos. Estalla la segunda guerra mundial y uno de los hijos de Tolkien, Christopher, parte como piloto al frente de batalla. A la mente de Tolkien vuelven los años de la Gran Guerra, los compañeros muertos. Así escribía el padre al hijo:

“A veces me siento aterrado al pensar en la suma total de miseria humana que hay en este momento en el mundo entero: los millones separados los unos de los otros, estremecidos, prodigándose en días sin provecho… aparte de la tortura, el dolor, la muerte, la desgracia, la injusticia. Si la angustia fuera visible, casi la totalidad de este planeta anochecido estaría envuelto en una oscura nube de vapor, oculto de la mirada asombrada de los cielos. (…) Todo lo que sabemos, y en gran medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito… en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él. Así es en general, y así es también en nuestras propias vidas. Pero aún hay alguna esperanza de que las cosas mejoren para nosotros, incluso en el plano temporal, por la clemencia de Dios. Y aunque necesitamos todo nuestro coraje y nuestras agallas (la vastedad del coraje y la resistencia humanos es estupenda, ¿no te parece?) y toda nuestra fe religiosa para enfrentar el mal que pueda acontecernos (como les acaece a otros si Dios lo quiere), aún podemos rezar y tener esperanzas. Yo lo hago.”

Tolkien escribe constantemente a su hijo y, en la distancia, le implica en la creación de El Señor de los Anillos. Es impresionante leer esta correspondencia porque, una vez más, el mundo interior de Tolkien y el mundo exterior se anudan y entrelazan hasta constituir una sola realidad. ¿Cuál es esa realidad? La del triunfo del mal y el ocultamiento del bien. En el bien entendido de que, aquí, bien y mal no son conceptos políticos, que uno pueda atribuir a ninguno de los bandos en liza, sino que se trata de conceptos interiores, de carácter espiritual. En plata: los aliados no serán mejores que Alemania. Esto escribe Tolkien a su hijo:

“Estamos intentando conquistar a Sauron con el Anillo. Y (según parece) lo lograremos. Pero el precio es criar nuevos Sauron y lentamente ir convirtiendo a Hombres y Elfos en Orcos. Esto no quiere decir que en la vida real las cosas resulten tan claras como en una historia, y empezamos con un vasto número de Orcos de nuestro lado (…) No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste”.

El Señor de los Anillos apareció en tres volúmenes entre 1954 y 1955. Fue un éxito mundial inmediato. El tranquilo profesor de Oxford se vio convertido en una celebridad. Era demasiado oropel para un hobbit de gustos sencillos, como Tolkien: nuestro autor se mudó a una casa de campo, dejó su trabajo como profesor y se dedicó a cuidar de su mujer, Edith, aquejada de una parálisis progresiva. Mientras tanto, los personajes del mundo tolkieniano pasaban aceleradamente a la cultura popular, también al activismo político. Una célebre pintada en una calle italiana, en los años setenta, proclamaba: “Gandalf está vivo y lucha con nosotros”.

A Tolkien siguieron lloviéndole los reconocimientos: fue nombrado doctor honoris causa en Cambridge y Edimburgo, la reina le hizo comandante del imperio británico… Pero nada de esto tenía ya demasiada importancia para el hobbit, entregado a su mujer hasta el último suspiro. Edith Mary murió en 1971, con 82 años. Tolkien sólo le sobrevivió dos años: murió en 1973. Sus hijos escribieron en sus tumbas los nombres de Luthien y Beren, los dos amantes del “legendarium” tolkieniano.

El anciano profesor de Oxford, el niño huérfano acogido a la caridad de un cura jerezano, legaba al mundo otro mundo: la Tierra Media. El Silmarillion es la guía que permite entrar en ella. Mil avatares, desgracias y venturas se suceden en la Tierra Media, hoy destruida, mañana reconstruida. En esa historia de destrucción y resurrección se insertan las dos obras mayores de Tolkien: El Hobbit y El Señor de los Anillos. Y en esa fantasía épica que es toda la obra de Tolkien, el lector encuentra una clara imagen de la vida: sacrificio frente a hedonismo, familia y comunidad frente a individualismo, fidelidad e integridad frente al vértigo moderno, tradición y respeto frente a maquinismo, ecología y ley natural frente a la explotación de la Tierra… todo un programa.

¿Por qué, hoy, Tolkien? Porque nos ha devuelto la fe en nosotros mismos. Porque nos ha enseñado que podemos volver a ser héroes. Porque nos ha enseñado de nuevo el camino del bien, la verdad y la belleza, en un mundo que quería reducir todo eso a la nada. Lo que Tolkien viene a decirnos específicamente a nosotros, europeos y cristianos –queramos o no-, atribulados por el peso desconcertante de la Historia, es que el heroísmo siempre es posible, porque siempre será necesario conquistar anillos para ponerlos a buen recaudo. Por eso hay que leer a Tolkien.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Καλά Χριστούγεννα!


(Lucas 2,1-14) En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo:

No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Y de pronto se juntó con el ángel una multitud de las huestes celestiales, 
que alababa a Dios, diciendo:


Gloria a Dios en las alturas 
y en la tierra paz 
a los hombres en quienes Él se complace



Mi amada esposa y yo les deseamos:

Mari y Jordi

domingo, 27 de noviembre de 2016

La vida de J.R.R. Tolkien será llevada al cine (o eso dicen): "Middle Earth"

Familia Tolkien, 1940
Si bien El Silmarillion tiene más que complicada su adaptación al cine (y vista la adaptación que se ha hecho de El Hobbit, debo agregar que ¡menos mal!), parece que La vida de J.R.R. Tolkien y su potencial para ser llevada a la gran pantalla no ha pasado desapercibida a la productora New Line Cinema. Efectivamente, según parece (y nos informa Europa Press), el biopic de J.R.R. Tolkien será estrenado en el próximo Festival de Cine de Berlín y llevará por título Middle Earth

Y bien, siempre según Europa Press, la película será dirigida por James Strong, quedando la producción a cargo de Robert Shaye y Michael Lynne (como ya hicieron en la primera trilogía basada en las novelas del autor) y el guión bajo los auspicios de Angus Fletcher, quien al parecer ha invertido seis años en la investigación minuciosa de la vida de Tolkien. Y así, el biopic abarca desde el estallido de la Primera Guerra Mundial (acontecimiento que marcó indeleblemente a nuestro autor) hasta la composición de sus grandes obras literarias, acentuando muy especialmente la importancia capital del amor de su vida, su esposa Edith Mary Tolkien, y sin el cual no pueden entenderse algunos de los episodios más bellos, profundos y conmovedores de su esfuerzo subcreador (véase, por ejemplo, el relato de Beren y Lúthien)

Y veamos, a mi todo esto me produce sentimientos encontrados, qué quieren que les diga. Por una parte, siempre es motivo de expectación saber que algo relacionado con J.R.R. Tolkien será llevado a la gran pantalla. Y por otra no puedo dejar de preguntarme qué opinaría el escritor ante tal evento. Veremos en qué queda, si es que queda, pero sobre todo veremos cómo es tratada la biografía del autor por estos gigantes del negocio audiovisual. De momento, según he leído, la película tendrá un marcado "carácter épico", y tratándose de una biografía, pues dirás que las dudas se ciernen sobre la mismísima Tierra Media, al menos sobre sus aledaños filmados...

domingo, 2 de octubre de 2016

Sobre la secuela fallida de ESDLA

¿Ideó Tolkien alguna secuela del Señor de los Anillos? La respuesta es sí, aunque abandonó su escritura al poco de empezarla. Según confiesa el autor en Cartas, página 400, el motivo que lo hizo desistir fue el cariz "siniestro y deprimente" que iba tomando cuerpo en el texto a medida que fluía la escritura de esa continuación de ESDLA.

Pero dejemos que lo explique el mismo J.R.R. Tolkien:

"Empecé, por cierto, una historia cuya acción se sitúa unos cien años después de la Caída [de Sauron], pero resultó a la vez siniestra y deprimente. Puesto que tratamos de hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien. De modo que la gente de Gondor, en tiempos de paz, justicia y prosperidad, se volvería descontenta e inquieta (...). Descubrí que en época tan temprana se había dado una cosecha de proyectos revolucionarios en torno a un centro de una religión satánica secreta; mientras que los niños gondorianos jugaban a ser orcos y se divertían haciendo daño." (J.R.R. Tolkien, "Cartas", p. 400.)

Tras la lectura de este párrafo, más allá del más que probable fracaso que hubiera supuesto una secuela de ESDLA, la comparación con la locura colectiva en que anda instalado este comienzo del siglo XXI es inevitable. Efectivamente, cuando la ideología suplanta a la realidad y las leyes de los hombres dan la espalda a la ley natural, antes pronto que tarde el desastre colectivo está cantado. Ojalá pueda cambiarse destino tan aciago para la raza humana con la misma facilidad con la que se guardan los primeros folios de una secuela literaria fallida en el cajón del escritorio.