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domingo, 12 de enero de 2025

Tolkien, cartas: Fe y Literatura

A continuación les presentamos un precioso artículo de Robert Lazu Kmita (Rumanía) que lleva por título, Tolkien: Fe y Literatura. El original puede encontrarse aquí, estando la traducción a cargo de Natalia Martín.


Tolkien: Fe y Literatura

"Las cartas de nos quedan de J.R.R. Tolkien contienen numerosos pasajes que expresan las creencias religiosas del famoso creador de los hobbits. Antes de empezar a leer esas cartas, en las que podemos aprender cómo entendió y vivió su fe católica el creador de los hobbits, hemos de recordar que fue criado y educado por su madre, Mabel Tolkien (Suffield de soltera), convertida a la Iglesia Católica desde la secta neo protestante baptista. El precio de su conversión -que ocurrió en 1900, cuando ella y sus dos hijos fueron recibidos en la Iglesia Católica Romana- fue en verdad grande: el martirio. A pesar de ser viuda (su marido, Arthur, murió en Sudáfrica el 15 de febrero de 1896), su familia baptista cesó cualquier asistencia financiera cuando su conversión pasó a ser pública. Como consecuencia directa de todas las dificultades de salud que sufrió, Mabel murió de diabetes el 14 de noviembre de 1904. Tenía sólo 34 años.

Los huérfanos, John Ronald Reuel (nacido el 3 de enero de 1892) y su hermano Hilary Arthur Reuel (nacido el 17 de febrero de 1894), fueron criados y educados por un sacerdote católico, el padre Francis Xavier Morgan de la Congregación del Oratorio creada por otro gran escritor católico, San John Henry Newman. John y su hermano Hilary estaban convencidos de que su madre murió como mártir por su fe católica. Es fácil imaginar la influencia que esta inconfundible verdad tuvo en las almas de estos dos jóvenes hermanos. Es la razón por la que, como notaremos en sus cartas, J.R.R. Tolkien fue un católico ferviente que vivió su fe intensamente.

El autor de El señor de los anillos colocó en el centro de su vida el Santísimo Sacramento del altar, como podemos leer en una carta enviada a su segundo hijo, Michael, en marzo de 1941:

“Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, te presento una gran cosa a la que amar en la tierra: el Santísimo Sacramento”

La importancia que J.R.R. Tolkien siempre atribuyó a la sagrada Eucaristía es aún más evidente en otra carta, fechada en 1963, al mismo hijo Michael, en la que explica por qué está seguro de que la única iglesia verdadera de la tierra es la Iglesia Católica:

“Para mí, esa Iglesia de la cual el Papa es la cabeza visible en la tierra tiene una afirmación fundamental y es que siempre ha defendido (y aún defiende) el Santísimo Sacramento y le ha dado el mayor honor y lo ha puesto (como Cristo claramente quiso) en el lugar principal. “Alimenta mis ovejas” fue su último encargo a san Pedro; y, puesto que sus palabras han de entenderse siempre primero literalmente, supongo que se refieren primariamente al Pan de Vida. Fue contra esto contra lo que en realidad se lanzó la revuelta del occidente europeo (o Reforma) -“la blasfema fábula de la misa”- y la fe y las obras una simple pista falsa. Supongo que la gran reforma de nuestro tiempo fue la que llevó a cabo san Pío X: por encima de cualquier cosa, por muy necesaria que sea, que el Concilio logre. Me pregunto en qué estado estaría la Iglesia ahora si no fuera por ella [la Eucaristía]”.

Crítico firme y vehemente de la Revolución protestante, que eliminó por completo la sagrada liturgia y los sacramentos de las vidas de millones de católicos caídos, J.R.R. Tolkien no era un simple apologeta del catolicismo sino, y al mismo tiempo, católico totalmente practicante y piadoso. Más tarde en su vida, cuando la Revolución entrara en la misma Iglesia -debido a las “reformas” del papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II- se manifestará como un acérrimo oponente a la destrucción/sustitución de la misa de los tiempos del papa Gregorio Magno por una liturgia inventada. Podemos leer otro fragmento relevante que contiene una brillante refutación de la “reforma” litúrgica hecha en nombre de la vuelta al “cristianismo primitivo”, en una carta de 1967:

“La búsqueda “protestante” de simplicidad y franqueza hacia el pasado, aunque, desde luego, contiene algunos motivos buenos o al menos inteligibles, es errada y ciertamente vana. Porque el “cristianismo primitivo” es hoy y, a pesar de toda la “investigación”, seguirá siendo ampliamente desconocido; porque la “primitividad” no es garantía de valor y es, y era en gran medida, un reflejo de ignorancia. Los abusos graves han sido elementos del comportamiento litúrgico cristiano tanto en los primeros tiempos como ahora. (¡Las censuras de san Pablo sobre comportamientos eucarísticos son suficiente muestra de ello!) Aún más porque el Señor no pretendió que “mi iglesia” fuera estática o permaneciera en una infancia perpetua, sino que fuera un organismo vivo (parecido a una planta), que se desarrolla y cambia en lo exterior por la interacción de la vida divina que se le ha legado y de la historia, las circunstancias particulares del mundo en el que existe. No hay ningún parecido entre el grano de mostaza y el árbol crecido. Para los que viven en los días en que crecen las ramas, el árbol es la cosa, pues la historia de una cosa viva es parte de su vida, y la historia de una cosa divina es sagrada. Los sabios pueden saber que empezó con una semilla, pero es vano tratar de desenterrarla, porque ya no existe, y la virtud y las facultades que tiene ahora residen en el árbol. Muy bien, pero en agricultura las autoridades, los guardas del árbol deben cuidarlo de acuerdo con el saber que poseen, podarlo, quitar las llagas, librarlo de parásitos y todo eso. (¡Con inquietud, sabiendo lo poco que saben del crecimiento!) Pero ciertamente le harán daño si están obsesionados con el deseo de volver a la semilla o incluso a la primera juventud cuando era (como imaginan) hermoso y no afectado de ningún mal. El otro motivo (tan confundido ahora con el primitivista, de igual modo que en la mente de cualquiera de los reformadores): aggiornamento, poner al día, que tiene en sí mismo peligros graves, como se ha visto a lo largo de la historia. Con esto, el “ecumenismo” se ha vuelto también confuso”.

Al mencionar en una carta del 2 de enero de 1969 que su patrón es san Juan Evangelista, no pierde ocasión de insistir en su formación intelectual católica. De hecho, hizo de su fe católica el eje principal de toda su vida. Por eso, marcado por tal influencia, uno de sus hijos, John, se hizo sacerdote católico.

Hombre del tiempo en que vivía, John Ronald Reuel Tolkien fue “ciudadano total del Reino del Cielo” en la tierra, la Iglesia católica. Sólo un crítico o un historiador cegado por sus propios prejuicios puede ignorar la profunda religiosidad de J.R.R. Tolkien. ¿Pero cómo influye esta religiosidad en las historias épicas escritas por un autor de ficción que hizo las delicias de millones de lectores de todo credo y raza de la tierra?

Si las cartas de Tolkien nos permiten desvelar la dimensión religiosa y católica de la vida de su autor, la relación entre sus creaciones literarias y su fe religiosa son un asunto delicado. Todos los aspectos de esta relación se incluyen en un pasaje de una carta escrita en 1953 a uno de los amigos más importantes de J.R.R. Tolkien, el padre Robert Murray S.J., al que muestra cómo incluye cierto elemento religioso en sus historias:

“El señor de los anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de modo inconsciente al principio pero conscientemente en la revisión. Yo por eso no he puesto ni he cortado prácticamente ninguna referencia a nada como “religión”, cultos o prácticas en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso está absorbido en la historia y en el simbolismo”.

Si el elemento religioso parece ser una ausencia notable en la Tierra Media, en esta carta el autor subraya que este elemento está “absorbido”, camuflado, en cualquier caso presente implícitamente en la textura de la historia y especialmente en sus símbolos.

Una de la seis páginas que han sobrevivido del primer manuscrito de El Hobbit de Tolkien.
Dibujo del mapa de Thror .

Como muchos otros grandes escritores católicos del siglo XX, como Gilbert Keith Chesterton y George Bernanos, J.R.R. Tolkien no escribe “literatura católica” programática, que represente como una forma disfrazada de apologética. Ninguno de estos escritores aceptó la etiqueta de “escritor católico”. J.R.R. Tolkien se consideraba a sí mismo escritor, pero no necesariamente un “escritor cristiano (es decir, católico)”. Es un católico que, entre otras vocaciones secundarias (como las de profesor, esposo y padre), recibió la de escritor. No confundió los principios y reglas propios del arte literario con los específicos de la religión y de la teología. Aunque armoniosos, en su perspectiva el arte y la fe son diferentes. Estos dos tipos de experiencia y pensamiento humanos tienen su propio campo. Ello no significa “divorcio”, sino una forma de coexistencia en la que siempre son posibles fuertes influencias e intercambios. Por eso J.R.R. Tolkien no niega la influencia de su fe católica en aquellos valores codificados en sus escritos. Por ejemplo, acepta la interpretación de una lectora devota, Deborah Webster, que piensa que los encantamientos de Elbereth o Galadriel de El señor de los anillos son similares a las oraciones católicas dirigidas a la Santísima Virgen María, o que el pan élfico llamado lembas simboliza la sagrada Eucaristía.

Junto a todas estas interpretaciones podemos proponer otra explicación a todos los lectores que ignoran el trasfondo católico de las obras de J.R.R. Tolkien invocando el hecho de que en la Tierra Media no hay religión. ¿Por qué? Porque, si el propio autor explica en una carta escrita en 1955 que la Tierra Media “es un mundo monoteísta de teología natural”, añade inmediatamente que “la Tercera Época no era un mundo cristiano”. En este punto subrayamos que el contexto histórico en que sucede la acción de ambas historias, El señor de los anillos y el Silmarillion, es uno antiguo y precristiano.

En este respecto, J.R.R. Tolkien sigue la misma senda de los primeros pensadores católicos, como san Justino, el mártir y filósofo, o Clemente de Alejandría, que buscaron y descubrieron en las enseñanzas de los antiguos sabios paganos las llamadas semina verbi (semillas del Logos, Nuestro Señor Jesucristo), que anticipaban la revelación cristiana. En el mismo sentido podemos descubrir en las historias de J.R.R. Tolkien muchos elementos cristianos consistentes que no son totalmente explícitos, sino más bien señales, símbolos, que pretenden guiar a los lectores a la plenitud de la fe cristiana.

domingo, 11 de noviembre de 2018

De los orígenes del arte de fumar en pipa, por el venerable y legandario Meriadoc Brandigamo

Tolkien in Oxford 1968, © BBC Archive
Hay otra cosa entre los antiguos hobbits que merece mencionarse; un hábito sorprendente: absorbían o inhalaban, a través de pipas de arcilla o madera, el humo de la combustión de una hierba llamada hoja o hierba para pipa, quizás una variedad de la Nicotiana. Hay mucho misterio en el origen de esa costumbre peculiar, o en ese "arte", como los hobbits preferían llamarlo. Todo lo que se descubrió en la antiguedad sobre el tema fue recopilado por Meriadoc Brandigamo (más tarde señor de Los Gamos) y puesto que él y el tabaco de la Cuaderna del Sur son parte de la historia que sigue, sus comentarios en la introducción al Herbario de la Comarca merecen ser citados aquí.

"Este arte, dice, es el único que podemos reclamar como de invención nuestra. En qué época empezaron a fumar los hobbits es un enigma; todas las leyendas e historias familiares lo dan por sabido; durante años la gente de la Comarca fumó diversas hierbas, algunas malolientes, otras aromáticas. Pero todos los documentos concuerdan en un punto: Tobold Corneta de Valle Largo en la Cuaderna del Sur fue el primero que cultivó un verdadero tabaco de pipa en los días de Isengrim II, alrededor del año 1070 de la cronología de la Comarca. Los mejores cultivos todavía provienen de ese distrito, especialmente las variedades que ahora se conocen como Hoja Valle Largo, Viejo Toby y Estrella Sureña.

Escena de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, 2001 (Primera parte de la trilogía) 
"(...) Al mismo tiempo, mis propias observaciones en los viajes que hice al sur me convencieron de que la hierba no es originaria de nuestra región, sino que vino del Anduin inferior hacia el norte, traída, creo yo, del otro lado del Mar por los hombres de Oesternesse. Crece en abundancia en Gondor, y allí es más grande y exuberante que en el norte, donde nunca se la encuentra en estado salvaje; florece sólo en lugares cálidos y abrigados, como Valle Largo. Los hombres de Gondor la llaman galenas dulce, y la aprecian por la fragancia de las flores. Desde esas tierras la habrían llevado al norte remontando el Camino Verde durante los largos siglos que median entre la llegada de Elendil y nuestros días. Pero hasta los Dúnedain de Gondor nos otorgan este crédito: los hobbits fueron los primeros que la fumaron en pipa. Ni siquiera los Magos lo intentaron antes que nosotros. Aunque un mago que conocí adquirió este arte mucho tiempo atrás, mostrándose tan hábil como en todas las cosas a las que llegó a dedicarse." (De la hierba para pipa, El Señor de los Anillos, prólogo capítulo 2)



domingo, 28 de octubre de 2018

“Sínodo de la juventud" o la "Gravedad de los errores modernistas"

Ayer mismo se conoció el documento final de la XV Sesión General del Sínodo de Obispos, más conocido como “sínodo de la juventud” (ver aquí). Pues bien, tal y como lo describe uno de los obispos participantes en declaraciones a la agencia AFP: “Uno tiene todo lo que necesita para el baño y la cocina en todos los estilos, así que todo el mundo puede identificarse con él”. Muy preocupante. Ninguna referencia a la Santísima Virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, ninguna referencia a la esencia sobrenatural de nuestra Fe, ninguna a la centralidad de Jesucristo y de los Evangelios, eso sí, el sínodo terminó con una fiestuqui discotequera (ver aquí). Vamos, todo muy setentero y guay (del paraguay). Todos los esfuerzos realizados por Juan Pablo II y Benedicto XVI por atenuar el modernismo desatado en el CVII, a tomar viento. Porque tal parece que la consigna, ahora, es la “sinodalidad”, es decir, una suerte de descentralización del poder temporal de la Iglesia en favor de las distintas conferencias episcopales nacionales, las cuales podrán ejercer su pastoral como mejor estimen conveniente, o en román paladín: podrán poner en práctica su visión particular de lo que dicen los Evangelios y el Magisterio secular de la Iglesia, y si no coincide, pues peor para los Evangelios y para el Magisterio. Todo muy protestante, por supuestísimo, y en bandeja de plata “el libre examen”, al tiempo. Y no, por ahí no. A Dios gracias, la Iglesia se funda en Jesucristo; se funda en la realidad inmutable, atemporal, del mensaje del Hijo de Dios expresado a través de los Evangelios. A Dios gracias, la Fe de los católicos, la nuestra, está por encima de las veleidades de una Jerarquía y de un Papa que se han vendido a los dictados políticamente correctos de un mundo en franca decadencia. No, santo Padre, no, la Iglesia no debe iluminarse con las luces discotequeras del mundo sino que debe iluminar al mundo con el mensaje salvífico de Nuestro Señor Jesucristo. Y no, Su Santidad, no, el Gran Acusador, a quien usted cita en la presentación del texto final de este sínodo, no está de lado de quien tiene los arrestos para denunciar, desde la misma curia, los crímenes y encubrimientos contra los menores, más bien milita junto a quienes propician, con sus zigzagueos y ambigüedades, que tal estado de cosas siga borroso, y acaso impune.

Así pues, he aquí un extracto de la Carta encíclica Pascendi, escrita por San Pío X en el año del Señor de 1907. Estas letras apostólicas versan sobre las doctrinas de los modernistas y constituyen una clara y vigorosa denuncia hacia las mismas (texto íntegro, aquí). Y a mi esposa y a mi nos parece oportunísimo hacerse eco de ellas. Helas aquí:

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Imagen tomada del blog Wanderer
Gravedad de los errores modernistas

Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.

Tales hombres (...),  ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. (...) Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.

domingo, 20 de mayo de 2018

Iglesia y nuevo orden mundial. Notas orientativas (Por Don David Glez Alonso Gracián)

A continuación, un certero análisis sobre la deriva totalitaria que se cierne sobre todo el orbe. Sobre todos, sí, pero muy especialmente sobre la catolicidad del mensaje salvífico de Jesucristo. Sobre la Verdad. El texto se encuentra en el portal InfoCatólica y su autoría corresponde, en su integridad, a David Glez Alonso Gracián.

Efectivamente, en palabras del autor: «Los valores del nuevo orden apisonan, nivelan, horizontalizan, obligando (por ley) a mirar todas las cosas a ras del suelo; dinamitan la verticalidad para fundar solares yermos, sobre los cuales edificar la ciudad terrena planetaria. Pero la Iglesia no está indefensa ante el horizontalismo mundial, salvo que acepte sus principios y se terrenalice». Cierto, solares yermos, negación de la verticalidad trascendente del Hombre, reducción del mensaje salvífico de Nuestro Señor Jesucristo a una suerte de modo de hacer (y pensar) que no ofenda ni contravenga de manera abierta la Weltanschauung globalista y el puño de hierro de su pensamiento único, marca de fábrica (o de la bestia) del Nuevo Orden Mundial. Disolución de la Verdad en una serie de reflejos relativos (o juego de Nadas y vacíos, de sombras) que nos recuerdan demasiado al marxismo cultural lanzado en los años treinta del siglo pasado por la Escuela de Frankfurt. Modernismo, en suma, contra el que advirtió, antes, el Papa Pio X en su Carta Encíclica Pascendi. Citando de nuevo a Don Alonso Gracián: «Todavía, sin embargo, hay quienes creen que 1789 se puede leer en católico. Pero si la Iglesia adopta por ósmosis los principios neotéricos,  pierde su identidad y desactiva su mediación salvífica» ¿Frente a ello? Evangelio, Magisterio, Tradición. VerdadNuestro Señor Jesucristo.

Les dejo, pues, con el texto íntegro del Sr. David Glez Alonso Gracián.


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Iglesia y nuevo orden mundial. Notas orientativas


1.- La difusión planetaria de un nuevo orden antimetafísico es un obstáculo para la Iglesia en el mismo sentido en que lo es la revolución.

Más aún, por ser el proceso de globalización un proceso revolucionario sin fecha, es un obstáculo crítico, que exige lo mejor y más sólido del pensamiento católico para poder ser salvado.
Todavía, sin embargo, hay quienes creen que 1789 se puede leer en católico. Pero si la Iglesia adopta por ósmosis los principios neotéricos,  pierde su identidad y desactiva su mediación salvífica.  El mayor reto es mantener incólume su doctrina y enderezada su praxis, siempre ordenada al fin último y a hacer posible la vida virtuosa personal y social. 

2.- En cuanto nuevo orden, va precedido de graves conflictos y enormes sufrimientos. Pienso, por ejemplo, en la II Guerra Mundial, que le sirve de preparación.

Como todo aplanamiento axiológico general, tan propio de apisonadoras totalitaristas, el proceso globalizador produce una uniformación positivista de las conciencias. (A las que se reserva, en cambio, para salvar las apariencias, un núcleo privado de subjetivismo, el suficiente para hacer posible su  pluralidad, necesariamente relativista.)

3.- Los valores del nuevo orden apisonan, nivelan, horizontalizan, obligando (por ley) a mirar todas las cosas a ras del suelo; dinamitan la verticalidad para fundar solares yermos, sobre los cuales edificar la ciudad terrena planetaria. Pero la Iglesia no está indefensa ante el horizontalismo mundial, salvo que acepte sus principios y se terrenalice.

4.- Comenta Ernst Jünger en sus Diarios Pasados los setenta V, que «desde el punto de vista histórico, al estado mundial le precede un Accio», tras el cual comienza el largo período del Imperio; esto es, una gran batalla que entierra el viejo orden, e inaugura la nueva era de la globalidad; una disolución cainita, que clausura lo antiguo y da comienzo a lo nuevo.

Tal vez, sin embargo, continúa Jünger, «Accio se quede en nada», es decir, un conflicto global no sea necesario para pasar al Estado mundial. El desencadenante podría ser, también, un proceso sin límites precisos, que correspondería al papel unificador de la técnica, y más concretamente de la democracia tecnológica. Gracias a ésta, pienso yo, se pretendería reconfigurar la mundialidad sin ruptura de fronteras. Se fundaría una superadministración positivista, una macroestatalidad moderna, cuya potente burocracia disolvería, poco a poco, las soberanías nacionales y haría posible la transmutación del derecho.
Concluye. «Esto podría significar que el tránsito a un Estado mundial ha tenido lugar ya, sin que se haya percibido»
El Estado Mundial no ha necesitado una batalla de Accio. Le ha bastado revolucionar tecnológicamente el mundo, y no como hecho consumado, sino como imperativo categórico.

5.- El Estado mundial, sin embargo, es un hecho no acaecido como hecho, sino como proceso; no como espacio formal, sino como tiempo. No como estado concreto propiamente dicho, sino como estado mundial transversal.

6.- La ética mundial, llamada por el nuevo orden a sustituir al ethos católico, se difunde por los estados y sociedades usurpando el papel que corresponde a la ley moral. Contrafigura de la Iglesia, el Estado mundial propaga sus valores de contracatolicidad:

en lugar de universalidad, globalidad; en lugar de mandamientos, normas generales (siempre entendidas en sentido convencional); en lugar de unidad católica, pluralismo axiológico y agnosticismo institucional.

7.- 1789 es una fecha imposible de leer en cristiano, salvo globalizándola; entonces cobra apariciencia de ethos general, y puede hacerse pasar por ética católica. ¡Despierta pronto, Iglesia, sobre esto!

8.- Para comprender la globalización es fundamental distinguir, como hace Rafael Gambra, entre comunidad y coexistencia. Frente a la comunidad en la verdad, se difunde, a nivel planetario, la coexistencia de opiniones.  Frente a la unidad social, el pluralismo distópico. 

9.- La globalización toma la forma, también, de una pulverización legal, democrática, de la ley eterna, sin fecha, indefinida, siempre en proceso.

10.- Puede entenderse, sobre todo, como uniformidad ambigua y anómica, trabajo de titanes,  Ánomos y Anfíbolos.

Un gobierno mundial que no es concretamente un gobierno, pero que gobierna; y una anomia planetaria traducida en leyes.

11.- La concepción natural del estado como comunidad política ha sido sustituida por una visión burocrática de la potentia absoluta luterana y nominalista, o más concretamente como la entiende Nietzsche: pura voluntad de poder en sede administrativa.

12.- La burocracia es el statu quo del estado moderno global, y el derecho administrativo su arquitectura efímera.

13.- La globalización es una imitación revolucionaria de la catolización.

14.- Detrás de la utopía del estado global se agazapan, sobre todo, errores teológicos.

15.- Es por eso que la Iglesia, si se libera del personalismo, que inevitablemente congenia con la “sana” globalización laica, puede arrojar mucha luz. Pero antes debe recuperar la virtud de la clasicidad, esto es: la de no apartarse ni un ápice de lo tradicional.

y 16.- Puede parecer que tras los muros de la ciudad global no hay salida, ni camino que tomar. Que no hay sendero a la realidad, ni opción alguna. Pero no es cierto. La Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15) tiene remedios poderosos contra los titanes. Ánomos y Ánfilbolos se deshacen, como sombra gaseosa, frente a la realeza del Logos.

La Iglesia sigue siendo el Cuerpo de Cristo, sigue siendo societas perfecta, sigue siendo una puerta, la única puerta, en medio de un muro. 

Sólo hay que pedir ayuda y atravesar el umbral. Entonces se penetra en la Casa del Dios vivo, donde hay recursos. No ociosos, ni vanos, ni de otra época, sino eficaces, perennes y veraces. Sólo hay que recuperar el numen católico.


David Glez Alonso Gracián

sábado, 31 de marzo de 2018

"El misterio del Sábado Santo", por el Papa Benedicto XVI

Imagen tomada del Centro español de Sindonología
He aquí un artículo que, por su belleza, profundidad e interés, paso a copiar en esta bitácora. Se trata de la reflexión que hizo el Papa Benedicto XVI el día 2 de mayo de 2010 cuando, venerando la Sábana Santa, predicó sobre “el misterio del Sábado Santo”:


Queridos amigos:

  Este es un momento muy esperado para mí. En otras varias ocasiones he estado ante la Sábana Santa, pero ahora vivo esta peregrinación y este momento con particular intensidad: quizá porque el paso de los años me hace todavía más sensible al mensaje de este extraordinario icono; quizá, y diría sobre todo, porque estoy aquí como Sucesor de Pedro y traigo en mi corazón a toda la Iglesia, más aún, a toda la humanidad. Doy gracias a Dios por el don de esta peregrinación y también por la oportunidad de compartir con vosotros una breve meditación, que me ha sugerido el subtítulo de esta solemne ostensión: «El misterio del Sábado Santo».

Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.

El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (…). Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos» (Homilía sobre el Sábado Santo: PG 43, 439). En el Credo profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos».

Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo, especialmente después de atravesar el siglo pasado, la humanidad se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez mayor. Al final del siglo XIX, Nietzsche escribió: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Esta famosa expresión, si se analiza bien, está tomada casi al pie de la letra de la tradición cristiana; con frecuencia la repetimos en el vía crucis, quizá sin darnos plenamente cuenta de lo que decimos. Después de las dos guerras mundiales, de los lagers y de los gulags, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos los que se interrogan sobre la vida; y de manera especial nos interpela a los creyentes. También nosotros tenemos que afrontar esta oscuridad.

Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Y esto me hace pensar en el hecho de que la Sábana Santa se comporta como un documento «fotográfico», dotado de un «positivo» y de un «negativo». Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis».

Este es el misterio del Sábado Santo. Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Me parece que al contemplar este sagrado lienzo con los ojos de la fe se percibe algo de esta luz. La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla, sin contar a quienes la contemplan a través de las imágenes, es porque en ella no ven sólo la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella habita el amor. Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este «Varón de dolores», que carga sobre sí la pasión del hombre de todos los tiempos y lugares, incluso nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados —«Passio Christi. Passio hominis»—, emana una solemne majestad, un señorío paradójico. Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? Habla con la sangre, y la sangre es la vida. La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida. Es como un manantial que susurra en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo en el silencio del Sábado Santo.

Queridos amigos, alabemos siempre al Señor por su amor fiel y misericordioso. Al salir de este lugar santo, llevamos en los ojos la imagen de la Sábana Santa, llevamos en el corazón esta palabra de amor, y alabamos a Dios con una vida llena de fe, de esperanza y de caridad. Gracias.

domingo, 11 de junio de 2017

Sobre la influencia de G.K. Chesterton en la obra de J.R.R. Tolkien (Por Joseph Pearce)

Hete aquí un notable fragmento del escritor y profesor Joseph Pearce que, dado su interés y belleza, no me resisto a copiar en esta bitácora. Por cierto, Joseph Pearce (Londres, 12 de febrero de 1961) es un escritor británico que ejerce desde 2012 como Escritor Residente y Profesor de Literatura en el Thomas More College of Liberal Arts en Merrimarck (New Hampshire).

*

G.K. Chesterton, 1905
The great G.K. Chesterton had a huge impact on my embrace of Christian orthodoxy. It would, in fact, be no exaggeration to say that his was the greatest single influence, under grace, on my conversion. I was, therefore, highly gratified to discover, during the research for my book Literary Converts, that Chesterton also had a significant influence on the conversions of many others, including writers such as Maurice Baring, Ronald Knox, and Graham Greene, as well as the actor Sir Alec Guinness. He was also a defining influence on C. S. Lewis, who had discovered Chesterton during World War One whilst recovering in a field hospital in France. A little later, it was Chesterton’s seminal work, The Everlasting Man(1), which had enabled Lewis to see the Christian outline of history laid out before him in a way that made sense, an epiphany which was a major milestone on Lewis’s journey to Christian conversion. It was, however, the famous “long night talk” between Lewis, J.R.R. Tolkien and Hugo Dyson in September 1931 which proved decisive to Lewis’s acceptance of Christianity. The topic of that “night talk” was what I call Tolkien’s philosophy of myth, an understanding of the priceless truth to be discovered in myths and fairy stories. It was this underlying philosophy which would inform the works of both Lewis and Tolkien in the years ahead, thereby blessing civilization with literary gems, such as The Lord of the Rings and The Chronicles of Narnia. Although this “night talk” is rightly celebrated for sowing the seeds of such beautiful literary fruits, it is not widely known that Tolkien’s “philosophy of myth” is itself a fruit of the seeds planted by Chesterton in his work Orthodoxy, published in 1908, when Tolkien was sixteen-years-old.

As a young man, Tolkien was an avid reader of Chesterton. He would have known Orthodoxy well. It is, therefore, not surprising that many of Tolkien’s own beliefs on the philosophy of myth, as outlined in his important published lecture “On Fairy Stories,” are to be found in the chapter of Orthodoxy entitled “The Ethics of Elfland.” Take, for instance, Tolkien’s assertion in his lecture that fairy-stories “were plainly not primarily concerned with possibility, but with desirability,” and compare it with these lines from “The Ethics of Elfland”:

The things I believed most then [when he was a child], the things I believe most now, are the things called fairy tales. They seem to me to be the entirely reasonable things… Fairyland is nothing but the sunny country of common sense. It is not earth that judges heaven, but heaven that judges earth; so for me at least it was not earth that criticized elfland, but elfland that criticized the earth.

G.K. Chesterton y J.R.R. Tolkien
Tolkien’s assertion that myths or fairy-stories are primarily concerned with desirability dovetails with Chesterton’s assertion that elfland dovetails with heaven, in the sense that elfland is the realm of moral rectitude, the kingdom of goodness, truth and beauty that every good man desires. It is heaven (the place of permanent perfection) that judges the earth (the place of transient imperfection). It is the good that judges the evil (and it is good that it does so). It is the true that judges the false; it is the beautiful that judges the ugly. This true order of things, which heaven and elfland share alike, is the way things should be, it is getting our moral bearings right, getting things the right way round, or the right side up. If this noble order of things is reversed so that the evil sits in judgment on the good and the false judges the true, we are in the presence of the chaos that the dragon brings, or the evil spell of the witch. Dragons and witches take many forms, in our world as well as in the world of fairyland. As Tolkien declares, the true order of things to be found in fairy-stories is a thing to be desired, especially in a world such as ours, which is full of dragons and in dire need of dragon-slayers. This desirability of fairy-stories does not merely dovetail with the things of heaven it can be said to be dove-winged, to borrow a phrase from Hopkins, insofar as it is a seed of desire planted by the Holy Spirit to lead us to Him. In this sense, those who turn their back on fairy-stories are turning their back on heaven.

There is, however, a sense in which those who turn their back on fairy-stories are also turning their back on the very world in which we live because, as Chesterton insists, we don’t live in the best of all possible worlds but the best of all impossible worlds. If we have the eyes of humility, the eyes of wonder, we will realize that we are living in a fairy-story, and not only any old fairy-story but the best of all fairy-stories. In “The Ethics of Elfland,” Chesterton seeks to remind us that “life was as precious as it was puzzling”: “It was an ecstasy because it was an adventure; it was an adventure because it was an opportunity.” It didn’t matter whether we considered ourselves pessimists or optimists. The important thing was that we were in the story of life and should be grateful for it:

The goodness of the fairy tale was not affected by the fact that there might be more dragons than princesses; it was good to be in a fairy tale. The test of all happiness is gratitude; and I felt grateful, though I hardly knew to whom. Children are grateful when Santa Claus puts in their stockings gifts of toys or sweets. Could I not be grateful to Santa Claus when he put in my stockings the gift of two miraculous legs? We thank people for birthday presents of cigars and slippers. Can I thank no one for the birthday present of birth?

To rephrase Chesterton’s lucidly beautiful prose into the language of the philosopher or the theologian, we can say that gratitude is the fruit of humility and that it opens the eyes to the marvelous gift of wonder. It is only once our eyes are open in this way that we can truly see and appreciate the wonderful fairy-story in which we find ourselves. This crucial reality, which is at the heart of the true realism to be found in fairy tales, was emphasized equally strongly be Tolkien in his published lecture. Discussing the gift of what he calls “recovery” in fairy tales, Tolkien’s words are an accurate reflection of Chesterton’s:

Recovery (which includes return and renewal of health) is a re-gaining—regaining of a clear view. I do not say “seeing things as they are” and involve myself with the philosophers, though I might venture to say “seeing things as we are (or were) meant to see them”—as things apart from ourselves. We need, in any case, to clean our windows; so that the things seen clearly may be freed from the drab blur of triteness or familiarity—from possessiveness… This triteness is really the penalty of “appropriation”: the things that are trite, or (in a bad sense) familiar, are the things that we have appropriated, legally or mentally. We say we know them. They have become like the things which once attracted us by their glitter, or their colour, or their shape, and we laid hands on them, and then locked them in our hoard, acquired them, and acquiring ceased to look at them.

G.K. Chesterton
This singular blindness, which Tolkien would satirize to great effect in his own great fairy-story, The Hobbit, dubbing it the dragon sickness, is the same blindness to the wonders of life of which Chesterton writes. Those who lack the humility to see with the eyes of wonder are not only blind to the gifts of toys or sweets, or cigars and slippers, but even to “the gift of two miraculous legs” with which they walk, or to the wonderful “birthday present of birth” with which they’ve been blessed.

Considering the congruence between Chesterton’s sense of gratitude and wonder and Tolkien’s discussion of “recovery” and the re-gaining of a clear view, it should come as no surprise that Tolkien continues his own discussion by paying tribute to “Chestertonian Fantasy” which “was used by Chesterton to denote the queerness of things that have become trite, when they are suddenly seen from a new angle.” There is little doubt that Chesterton had enabled the young Tolkien to see reality from a new and startling angle when the latter had first read Orthodoxy. Its influence would inspire the future author of The Lord of the Rings to formulate his own vision of “the ethics of elfland,” expressed in the lecture “On Fairy Stories” and in his own wonderful stories. There is no doubt that the great G. K. Chesterton cast a spell on the great J. R. R. Tolkien for which all lovers of Middle-earth should be inestimably grateful. (Texto original de Joseph Pearce)

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(1) Regalo de mi amada esposa por Sant Jordi, The Everlasting Man (El hombre eterno) es un clásico escrito por G.K. Chesterton allá por 1925. Su belleza, sublime. Su lectura, imprescindible.


Hallazgo audiovisual por parte de mi esposa y que complementa 
al post de manera sobresaliente. Visionado altamente recomendado

domingo, 15 de enero de 2017

Sobre el carácter atemporal y altamente edificante de la lectura de J.R.R. Tolkien

A continuación, un maravilloso artículo publicado en el diario La Gaceta por el periodista y escritor José Javier Esparza y que lleva por título:  "Gandalf está vivo y lucha con nosotros". La imagen que acompaña el artículo es de la red y de mi elección.
El pasado 3 de enero se cumplió el 125 aniversario del nacimiento de J.R.R. Tolkien, así que, aunque con retraso, valga también este post como homenaje y reconocimiento al autor.

*

Tolkien es uno de los autores más sugestivos del siglo XX. Hoy, gracias al cine, se ha convertido en uno de los más influyentes del siglo XXI. Su trilogía El Señor de los Anillos ha entrado en la cultura popular. Con ella, el mundo ha encontrado una voz que nos recuerda el valor del sacrificio y del heroísmo, y la importancia de salvar las cosas que dan un sentido profundo a la vida."

John Ronald Reuel Tolkien tuvo una infancia difícil. Vale la pena contarla, porque en ella aparecen muchos rasgos que después serán determinantes en su obra. Había nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, en 1892, en una familia inglesa. Su padre se dedicaba a vender diamantes para el Banco de Inglaterra. En aquel país desgajado entre bóers y británicos creció Tolkien hasta que una serpiente le mordió; los sucesivos problemas de salud del pequeño Ronald (así le llamaban) llevaron a la familia a volver a Inglaterra. Su padre permaneció en Sudáfrica con la idea de reunirse después con ellos, pero murió al año siguiente. Y así la familia Tolkien, madre y dos hijos, se encontró en el más absoluto desamparo.

Un maravilloso mundo interior

El niño Tolkien descubre dos cosas muy importantes. Una: la fe católica de su madre, Mabel, una auténtica heroína que se mata a trabajar para sacar a sus hijos adelante. Dos: los idiomas, que el pequeño Ronald estudia con pasión de coleccionista. Ronald es un buen estudiante. Su madre le ha enseñado el valor del esfuerzo. También le ha enseñado latín. Con cinco años lee y escribe fluidamente. El sacrificio de su madre y la aplicación del propio Ronald le permiten estudiar en buenos colegios. Pero Mabel muere a su vez en 1904, víctima de una diabetes. Los dos niños, Ronald y Hillary, quedan al cuidado de un sacerdote católico amigo de la familia, Francis Xavier Morgan. El padre Morgan, que era jerezano, enseñó a Tolkien unas nociones de español. Gracias a este cura encuentran los dos huérfanos un lugar donde vivir y un colegio donde estudiar. Ronald escoge la carrera de Filología Inglesa en Oxford.

¿Cuándo empieza Tolkien a concebir su obra? Desde muy pronto. Quizá porque no la concibe como una obra propiamente dicha, sino cómo un auténtico mundo interior. Tolkien está fascinado por lo medieval: lee las sagas escandinavas y el Kalevala finés, estudia las lenguas nórdicas y célticas, la filología griega y el anglosajón, frecuenta la compañía de hadas y caballeros. Con sus compañeros de Oxford crea un club (el “Tea Club of the Barrovian Society”) que reivindica la belleza medieval frente a la fealdad moderna.

Todas esas referencias eruditas, de tipo histórico y literario, se mezclan en el interior de Tolkien, como en un proceso alquímico, con los materiales de su vida cotidiana. Paisajes, edificios y personas adquieren un valor legendario. La granja de su tía es Bag End, Bolsón Cerrado. Las torres del orfanato de su infancia serán las torres oscuras de sus relatos. Viaja a Suiza en 1911 y descubre las montañas nevadas por donde viajará Bilbo Bolsón. Pasea por Cornualles y adivina acantilados poblados por elfos. Cuando su novia baile para él, surgirá la escena de amor entre Beren y Luthien. Todas y cada una de sus experiencias vitales se transforman en elementos de un relato que aún no tiene forma, pero que pronto la encontrará; Tolkien lo llamaba su “legendarium”. De momento, ese mundo imaginario de Tolkien está naciendo. Años más tarde, el propio Tolkien describirá así ese comienzo del mundo, entre la música aérea de los Ainur:

“Entonces les dijo Ilúvatar:-Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío.Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta, aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán Ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto”.

Mencionábamos antes a la novia de Tolkien. Hay que contar la historia, porque es muy reveladora sobre el carácter de nuestro autor. Era 1908 cuando Tolkien, dieciséis años, pupilo del orfanato, se enamoró de Edith Mari Bratt, tres años mayor que ella. ¡Y ella le correspondía! Pero el padre Morgan, el cura jerezano, temiendo que Ronald abandonara sus estudios, le prohibió tener ningún tipo de relación con ella, ni siquiera epistolar, hasta que cumpliera la mayoría de edad. Tolkien obedeció al pie de la letra: el mismo día que cumplió 21 años, escribió a Edith declarándole su amor y proponiéndole matrimonio. Se casarán tres años más tarde, en 1916, en plena guerra mundial, después de que Edith, por insistencia de Tolkien, se convirtiera al catolicismo. Tendrán cuatro hijos; el mayor se ordenará sacerdote.

Tolkien era un hombre leal, tanto a Edith como al padre Morgan… y a Inglaterra. Se graduó, en efecto, en Filología Inglesa, y con honores, tal y como el buen cura pretendía. Era 1915. Acto seguido, Ronald ha de atender sus deberes militares: Europa está en guerra y él se enrola como alférez en los fusileros de Lancashire. Antes de partir para Francia, al frente, se casa con Edith. Estará en la batalla del Somme, donde contrae la fiebre de las trincheras. Durante su convalecencia, de nuevo en Inglaterra, comienza a trabajar en El libro de los cuentos perdidos, la base de El Silmarillion, que es la guía, el plano general del “legendarium” de Tolkien. También termina de elaborar los alfabetos imaginarios de los elfos y los gnomos. El mundo de Tolkien empieza a tomar forma.

El valor eterno del mito

Con la guerra concluida, la vida de nuestro autor pasa a ser la de un típico profesor universitario: trabaja en Oxford, enseña en Leeds, vuelve a Oxford… Aquí constituye otro grupo de aficionados a la literatura, los Inklings, en el que traba amistad con C.S. Lewis, el autor de Crónicas de Narnia. Tolkien comienza a escribir El hobbit: es sólo un libro para sus hijos, pero empieza a circular entre sus alumnos, de mano en mano. Lewis le insiste en que debe publicarlo. El hobbit aparece en 1937; será un best-seller inmediato. La editorial, Allen & Unwin, quiere más. Tolkien envía El Silmarillion, pero los editores lo consideran demasiado complicado. Comienza entonces a escribir la fantasía épica El Señor de los Anillos, a partir del mismo mundo retratado en El Hobbit. Le llevará diez años.

Tolkien no concibe la fantasía como una simple evasión. Para él, el mito es una vía de descubrimiento siempre en relación con la verdad, que es insoslayable, y la fantasía literaria no es una ficción, sino una “segunda creación”. Tampoco se trata de una alegoría, sino que hay que verla como un camino para encontrar los arquetipos de la existencia, también y sobre todo en lo moral. Eso es lo que Tolkien llama mythopoeia.

Mientras tanto, el tiempo pasa y la guerra vuelve. Las ideas políticas de Tolkien son claras: católico, conservador, anticomunista. Ama la tradición, la tierra, la naturaleza. Como muchos ingleses de su tiempo, temía más a Stalin que a Hitler. Los acontecimientos, sin embargo, se desatarán por sí solos. Estalla la segunda guerra mundial y uno de los hijos de Tolkien, Christopher, parte como piloto al frente de batalla. A la mente de Tolkien vuelven los años de la Gran Guerra, los compañeros muertos. Así escribía el padre al hijo:

“A veces me siento aterrado al pensar en la suma total de miseria humana que hay en este momento en el mundo entero: los millones separados los unos de los otros, estremecidos, prodigándose en días sin provecho… aparte de la tortura, el dolor, la muerte, la desgracia, la injusticia. Si la angustia fuera visible, casi la totalidad de este planeta anochecido estaría envuelto en una oscura nube de vapor, oculto de la mirada asombrada de los cielos. (…) Todo lo que sabemos, y en gran medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito… en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él. Así es en general, y así es también en nuestras propias vidas. Pero aún hay alguna esperanza de que las cosas mejoren para nosotros, incluso en el plano temporal, por la clemencia de Dios. Y aunque necesitamos todo nuestro coraje y nuestras agallas (la vastedad del coraje y la resistencia humanos es estupenda, ¿no te parece?) y toda nuestra fe religiosa para enfrentar el mal que pueda acontecernos (como les acaece a otros si Dios lo quiere), aún podemos rezar y tener esperanzas. Yo lo hago.”

Tolkien escribe constantemente a su hijo y, en la distancia, le implica en la creación de El Señor de los Anillos. Es impresionante leer esta correspondencia porque, una vez más, el mundo interior de Tolkien y el mundo exterior se anudan y entrelazan hasta constituir una sola realidad. ¿Cuál es esa realidad? La del triunfo del mal y el ocultamiento del bien. En el bien entendido de que, aquí, bien y mal no son conceptos políticos, que uno pueda atribuir a ninguno de los bandos en liza, sino que se trata de conceptos interiores, de carácter espiritual. En plata: los aliados no serán mejores que Alemania. Esto escribe Tolkien a su hijo:

“Estamos intentando conquistar a Sauron con el Anillo. Y (según parece) lo lograremos. Pero el precio es criar nuevos Sauron y lentamente ir convirtiendo a Hombres y Elfos en Orcos. Esto no quiere decir que en la vida real las cosas resulten tan claras como en una historia, y empezamos con un vasto número de Orcos de nuestro lado (…) No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste”.

El Señor de los Anillos apareció en tres volúmenes entre 1954 y 1955. Fue un éxito mundial inmediato. El tranquilo profesor de Oxford se vio convertido en una celebridad. Era demasiado oropel para un hobbit de gustos sencillos, como Tolkien: nuestro autor se mudó a una casa de campo, dejó su trabajo como profesor y se dedicó a cuidar de su mujer, Edith, aquejada de una parálisis progresiva. Mientras tanto, los personajes del mundo tolkieniano pasaban aceleradamente a la cultura popular, también al activismo político. Una célebre pintada en una calle italiana, en los años setenta, proclamaba: “Gandalf está vivo y lucha con nosotros”.

A Tolkien siguieron lloviéndole los reconocimientos: fue nombrado doctor honoris causa en Cambridge y Edimburgo, la reina le hizo comandante del imperio británico… Pero nada de esto tenía ya demasiada importancia para el hobbit, entregado a su mujer hasta el último suspiro. Edith Mary murió en 1971, con 82 años. Tolkien sólo le sobrevivió dos años: murió en 1973. Sus hijos escribieron en sus tumbas los nombres de Luthien y Beren, los dos amantes del “legendarium” tolkieniano.

El anciano profesor de Oxford, el niño huérfano acogido a la caridad de un cura jerezano, legaba al mundo otro mundo: la Tierra Media. El Silmarillion es la guía que permite entrar en ella. Mil avatares, desgracias y venturas se suceden en la Tierra Media, hoy destruida, mañana reconstruida. En esa historia de destrucción y resurrección se insertan las dos obras mayores de Tolkien: El Hobbit y El Señor de los Anillos. Y en esa fantasía épica que es toda la obra de Tolkien, el lector encuentra una clara imagen de la vida: sacrificio frente a hedonismo, familia y comunidad frente a individualismo, fidelidad e integridad frente al vértigo moderno, tradición y respeto frente a maquinismo, ecología y ley natural frente a la explotación de la Tierra… todo un programa.

¿Por qué, hoy, Tolkien? Porque nos ha devuelto la fe en nosotros mismos. Porque nos ha enseñado que podemos volver a ser héroes. Porque nos ha enseñado de nuevo el camino del bien, la verdad y la belleza, en un mundo que quería reducir todo eso a la nada. Lo que Tolkien viene a decirnos específicamente a nosotros, europeos y cristianos –queramos o no-, atribulados por el peso desconcertante de la Historia, es que el heroísmo siempre es posible, porque siempre será necesario conquistar anillos para ponerlos a buen recaudo. Por eso hay que leer a Tolkien.

domingo, 2 de octubre de 2016

Sobre la secuela fallida de ESDLA

¿Ideó Tolkien alguna secuela del Señor de los Anillos? La respuesta es sí, aunque abandonó su escritura al poco de empezarla. Según confiesa el autor en Cartas, página 400, el motivo que lo hizo desistir fue el cariz "siniestro y deprimente" que iba tomando cuerpo en el texto a medida que fluía la escritura de esa continuación de ESDLA.

Pero dejemos que lo explique el mismo J.R.R. Tolkien:

"Empecé, por cierto, una historia cuya acción se sitúa unos cien años después de la Caída [de Sauron], pero resultó a la vez siniestra y deprimente. Puesto que tratamos de hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien. De modo que la gente de Gondor, en tiempos de paz, justicia y prosperidad, se volvería descontenta e inquieta (...). Descubrí que en época tan temprana se había dado una cosecha de proyectos revolucionarios en torno a un centro de una religión satánica secreta; mientras que los niños gondorianos jugaban a ser orcos y se divertían haciendo daño." (J.R.R. Tolkien, "Cartas", p. 400.)

Tras la lectura de este párrafo, más allá del más que probable fracaso que hubiera supuesto una secuela de ESDLA, la comparación con la locura colectiva en que anda instalado este comienzo del siglo XXI es inevitable. Efectivamente, cuando la ideología suplanta a la realidad y las leyes de los hombres dan la espalda a la ley natural, antes pronto que tarde el desastre colectivo está cantado. Ojalá pueda cambiarse destino tan aciago para la raza humana con la misma facilidad con la que se guardan los primeros folios de una secuela literaria fallida en el cajón del escritorio.

domingo, 21 de febrero de 2016

Aproximaciones críticas a ESDLA



A continuación, adjunto un texto que me ha parecido francamente interesante y que versa, naturalmente, sobre la cosmovisión que animó las letras de J.R.R. Tolkien; una visión un tanto alejada de las que suelen leerse sobre el universo creativo de nuestro autor y que tiene que ver, como no podría ser de otro modo, con las profundas raíces católicas que animaron, como recorriéndola entera, toda su creación literaria, especialmente El Silmarillion y El Señor de los Anillos.

El texto lleva por título: Una aproximación católica a Tolkien, siendo su autor el erudito tolkieniano Carlos Alberto Díaz G.

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Aproximarse a J.R.R. Tolkien nunca es fácil; la enorme fama de este autor y su obra ha hecho que se escriba una ingente cantidad de material que a veces puede incluso confundir a quien no conozca la magnitud del fenómeno generado.

En realidad pocos autores han originado tal intensidad en el seguimiento de su obra, muestra de lo cual son las numerosas asociaciones alrededor del mundo que se dedican casi exclusivamente a difundir, estudiar y profundizar la obra del escritor inglés de origen sudafricano, además de la enorme dedicación de quienes se ocupan -algunos de manera prácticamente exclusiva- en conocer hasta las facetas más recónditas del pensamiento de Tolkien.

Esta enorme fascinación, que ha convertido la obra de este escritor -en especial El Señor de los Anillos- en un fenómeno de masas, incrementado a nuevas cotas de popularidad por las películas actualmente en producción y cartelera, hace necesario un profundo análisis de su persona y su obra, con el fin de tratar de dilucidar qué cosmovisión y qué valores subyacen en ella, y de este modo aproximarnos con una visión crítica.

J.R.R. Tolkien
Comencemos diciendo que muchos de los valores y concepciones de Tolkien son universales; responden, pues, a la naturaleza humana y hablan profundo al corazón del hombre de cualquier tiempo y lugar: la amistad, el heroísmo, el seguimiento de grandes ideales, el sacrificio, la lucha entre el bien y el mal. Esto es así, en razón de que el autor siempre se declaró abiertamente católico, y como él mismo lo afirmara, toda su visión católica -palabra que precisamente significa "universal"- se transparenta a menudo en sus escritos, sin que se trate en absoluto de una obra "religiosa" en el sentido clásico del término. Por lo tanto, intentaremos un análisis de la obra de J.R.R. Tolkien desde la fe católica, con el fin de esclarecer qué le dice este escritor al católico de hoy, además de tratar de desentrañar los riesgos que puedan representar desde esta perspectiva diversas lecturas y aproximaciones a su obra.

Aunque por fuerza se analizará El Señor de los Anillos, su obra más conocida y popularizada, he recurrido a otras fuentes más claras y concisas para esclarecer algunos puntos de interpretación, sobre todo sus Cartas y algunos textos de la Historia de la Tierra Media editados por su hijo Christopher Tolkien, y textos de otros autores sobre la obra y el pensamiento de J.R.R. Tolkien.

Sobre el propio Tolkien, podemos decir que es evidente su profunda fe y su pertenencia a la Iglesia. Él mismo dedicó algunos de sus textos a reflexionar sobre el catolicismo, la Verdad, y otros temas afines, además de entablar profundos diálogos de fe con su amigo C.S. Lewis, quien a pesar de ser anglicano mostró siempre una gran cercanía a la fe católica (el mismo Tolkien afirmaría que Lewis era un anglicano atípico, ya que admiraba muchos rasgos de la Iglesia Católica, que la gran mayoría de sus hermanos de fe rechazaban). Además, J.R.R. analizó muchas veces sus propios escritos desde la fe, incluso criticando en ocasiones las visiones teológicas erradas que pretendían atribuirle algunos estudiosos a su trabajo.

Para adentrarnos en su obra escrita, podemos comenzar hablando de los hobbits, que son en última instancia los protagonistas de El Señor de los Anillos. Ellos son utilizados por Tolkien para dos finalidades: la primera, para mostrar el lado "burgués" del ser humano, su instalamiento, su amor por la comodidad y su radical negativa a emprender aventuras; pero al mismo tiempo, para resaltar que, como en el caso de Frodo, siempre existe la valentía y el coraje "aún en la persona más pequeña" para cambiar el "curso del futuro", como se dice en la película La comunidad del anillo. Y la segunda, para señalar, en una frase de claras resonancias neotestamentarias, que muchas veces los humildes son ensalzados, mientras que los soberbios a menudo resultan humillados.

Otro aspecto importante a resaltar es el de la lucha entre el bien y el mal. Es claro que en su obra Tolkien plantea un conflicto entre ambos, pero es evidente en los libros -aunque quizás no tanto en la película- que el mal no es una categoría absoluta y que en última instancia es sólo la ausencia de bien. Todos los seres "malos" del universo tolkeniano fueron creados buenos por Dios (incluso Sauron o los orcos, que antes eran elfos); el mismo Sauron, que dentro de la estructura narrativa es un ser "espiritual", en el sentido en que lo son por ejemplo los ángeles -es decir, personas inmortales con inteligencia y voluntad- sucumbió a la tentación presentada por Morgoth, quien es el primer ser espiritual en optar por el mal, en una clara reminiscencia de la caída de los Ángeles de la doctrina Cristiana. (Cf. CEC 391-392)

La amistad verdadera también es un elemento fundamental al leer a Tolkien: el mismo nombre del primer libro (La comunidad del anillo) ya nos habla claramente de la importancia que le daba el profesor de Oxford a este factor. La ayuda mutua que se dan los miembros de la comunidad, el poner los diversos dones recibidos al servicio de los demás y de la misión, la fidelidad en los momentos más difíciles son, entre otros, ingredientes esenciales de su obra que pueden ayudar a iluminar nuestra realidad cotidiana.

Otro elemento esencial a la hora de aproximarse a este escritor es el sentido épico: esa aventura heroica que lleva a los protagonistas a cambiar radicalmente sus vidas en aras de un ideal, e incluso a sacrificar la misma vida por la misión encomendada, nos muestra una realidad que puede iluminar nuestra propia existencia humana como peregrinos, en la gran aventura que es la vida cristiana.


Los riesgos de Tolkien

Existen varias precauciones a la hora de aproximarse a la obra de J.R.R. Tolkien; algunas provienen de los propios libros y otras de la interpretación particular que hizo Peter Jackson al dirigir las películas.

En primer lugar, muchos de los elementos de los libros -y en mayor medida de la película-, pueden interpretarse desde el fenómeno de la llamada Nueva Era. En realidad es difícil dar una opinión definitiva sobre las conexiones de Tolkien con lecturas gnósticas del cristianismo, pero en un libro donde los elementos cristianos son muchas veces demasiado sutiles o demasiado "alegóricos", es un riesgo inevitable que muchos se aprovechen de ello para dar sus propias interpretaciones.

El mismo J.R.R. señaló en varias oportunidades que su obra no era antropocéntrica sino "elfocéntrica", queriendo decir que era la visión del mundo desde el punto de los elfos y no de los hombres; soslayó así en el panorama de su creación cualquier referencia a un Reconciliador de la Caída que claramente se señala en su obra, razón por la cual los hombres del universo tolkeniano a veces tienen una visión desesperanzada de la realidad, y son tratados comúnmente de manera despectiva por los demás pueblos, sobre todo por los elfos, que los ven como una raza débil y sin un futuro claro. Otro aspecto importante es que al crear una especie de "realidad paralela", Tolkien estaba eliminando de ella toda referencia a Cristo o al Cristianismo. Él mismo diría que aunque era cristiano, su "Tierra media" no lo era; y es que aunque los pueblos de esta realidad adoran al Dios Único -como queda claro en muchos textos aclaratorios como El Silmarillion-, no parece haber cabida dentro de la sub-creación para la venida del Hijo de Dios.

También la obsesión de muchas personas ha generado un fenómeno que pudiera ser cómico si no fuera tan serio: muchos se han involucrado tanto en la obra de Tolkien y en el mundo por él construido, que consideran a éste casi como la realidad (o incluso más "real" que la realidad misma), llegando a aprender y hablar cotidianamente los lenguajes inventados por Tolkien, o moviéndose en un ambiente de "juegos de rol", con un nombre sacado de la obra y que los identifica allí, y constituyéndose así en un curioso escapismo frente a la propia realidad. Es que una cosa es ser admirador de la obra y otra muy distinta obsesionarse hasta el punto de no diferenciar la realidad de la ficción, por bien construida y estructurada que pueda estar.

Muchas veces rica en elementos, a menudo mal interpretada, la obra de Tolkien contiene muchísimos factores para considerar; hemos tratado aquí de dilucidar algunos puntos importantes, de modo que nos aproximemos a esta ingente obra con un espíritu crítico que nos permita contemplar en su justa medida la producción literaria y ahora cinematográfica de este gran escritor de la lengua inglesa.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Interview with J.R.R. Tolkien, in January 1971



First broadcast in January 1971 on the BBC Radio 4 programme "Now Read On ...". The interviewer was Dennis Gerrolt.

Tolkien: ...long before I wrote The Hobbit and long before I wrote this I had constructed this world mythology.

Gerrolt: So you had some sort of scheme on which it was possible to work?

T: Immense sagas, yes ... it got sucked in as The Hobbit did itself, the Hobbit was originally not part of it at all but as soon as it got moving out into the world it got moved into it's activities.

[realistic BBC match striking sound effect]

G: So your characters and your story really took charge.

T: [lights pipe]

G: I say took charge, I don't mean that you were completely under their spell or anything of this sort...

T: Oh no no, I don't wander about dreaming at all, it isn't an obsession in any way. You have this sensation that at this point A, B, C, D only A or one of them is right and you've got to wait until you see. I had maps of course. If you're going to have a complicated story you must work to a map otherwise you can never make a map of it afterwards. The moons I think finally were the moons and sunset worked out according to what they were in this part of the world in 1942 actually. [pipe goes out]

G: You began in '42 did you, to write it?

T: Oh no, I began as soon as The Hobbit was out - in the '30s.

G: It was finally finished just before it was published...

T: I wrote the last ... in about 1949 - I remember I actually wept at the denouement. But then of course there was a tremendous lot of revision. I typed the whole of that work out twice and lots of it many times, on a bed in an attic. I couldn't afford of course the typing. There's some mistakes too and also [relights pipe] it amuses me to say, as I suppose I'm in a position where it doesn't matter what people think of me now - there were some frightful mistakes in grammar, which from a Professor of English Language and Lit are rather shocking.

G: I hadn't noticed any.

T: There was one where I used bestrode as the past participle of bestride! [laughs]

G: Do you feel any sense of guilt at all that as a philologist, as a Professor of English Language with which you were concerned with the factual sources of language, you devoted a large part of your life to a fictional thing?

T: No. I'm sure its done the language a lot of good! There's quite a lot of linguistic wisdom in it. I don't feel any guilt complex about The Lord of the Rings.

G: Have you a particular fondness for these comfortable homely things of life that the Shire embodies: the home and pipe and fire and bed - the homely virtues?

T: Haven't you?

G: Haven't you Professor Tolkien?

T: Of course, yes.

G: You have a particular fondness then for Hobbits?

T: That's why I feel at home... The Shire is very like the kind of world in which I first became aware of things, which was perhaps more poignant to me as I wasn't born here, I was born in Bloomsdale in South Africa. I was very young when I got back but at the same time it bites into your memory and imagination even if you don't think it has. If your first Christmas tree is a wilting eucalyptus and if you're normally troubled by heat and sand - then, to have just at the age when imagination is opening out, suddenly find yourself in a quiet Warwickshire village, I think it engenders a particular love of what you might call central Midlands English countryside, based on good water, stones and elm trees and small quiet rivers and so on, and of course rustic people about.

G: At what age did you come to England?

T: I suppose I was about three and a half. Pretty poignant of course because one of the things why people say they don't remember is - it's like constantly photographing the same thing on the same plate. Slight changes simply make a blur. But if a child had a sudden break like that, it's conscious. What it tries to do is fit the new memories onto the old. I've got a perfectly clear vivid picture of a house that I now know is in fact a beautifully worked out pastiche of my own home in Bloomfontein and my grandmother's house in Birmingham. I can still remember going down the road in Birmingham and wondering what had happened to the big gallery, what happened to the balcony. Consequently I do remember things extremely well, I can remember bathing in the Indian Ocean when I was not quite two and I remember it very clearly.

G: Frodo accepts the burden of the Ring and he embodies as a character the virtues of long suffering and perseverance and by his actions one might almost say in the Buddhist sense he 'aquires merit'. He becomes in fact almost a Christ figure. Why did you choose a halfling, a hobbit for this role?

T: I didn't. I didn't do much choosing, I wrote The Hobbit you see ... all I was trying to do was carry on from the point where The Hobbit left off. I'd got hobbits on my hands hadn't I.

G: Indeed, but there's nothing particularly Christ-like about Bilbo.

T: No...

G: But in the face of the most appalling danger he struggles on and continues, and wins through.

T: But that seems I suppose more like an allegory of the human race. I've always been impressed that we're here surviving because of the indomitable courage of quite small people against impossible odds: jungles, volcanoes, wild beasts... they struggle on, almost blindly in a way.

G: I thought that conceivably Midgard might be Middle-earth or have some connection?

T: Oh yes, they're the same word. Most people have made this mistake of thinking Middle-earth is a particular kind of Earth or is another planet of the science fiction sort but it's just an old fashioned word for this world we live in, as imagined surrounded by the Ocean.

G: It seemed to me that Middle-earth was in a sense as you say this world we live in but at a different era.

T: No ... at a different stage of imagination, yes.

G: Did you intend in Lord of the Rings that certain races should embody certain principles: the elves wisdom, the dwarves craftsmanship, men husbandry and battle and so forth?

T: I didn't intend it but when you've got these people on your hands you've got to make them different haven't you. Well of course as we all know ultimately we've only got humanity to work with, it's only clay we've got. We should all - or at least a large part of the human race - would like to have greater power of mind, greater power of art by which I mean that the gap between the conception and the power of execution should be shortened, and we should like a longer if not indefinite time in which to go on knowing more and making more.
Therefore the Elves are immortal in a sense. I had to use immortal, I didn't mean that they were eternally immortal, merely that they are very longeval and their longevity probably lasts as long as the inhabitability of the Earth.
The dwarves of course are quite obviously - wouldn't you say that in many ways they remind you of the Jews? Their words are Semitic obviously, constructed to be Semitic. Hobbits are just rustic English people, made small in size because it reflects (in general) the small reach of their imagination - not the small reach of their courage or latent power.

G: This seems to be one of the great strengths of the book, this enormous conglomeration of names - one doesn't get lost, at least after the second reading.

T: I'm very glad you told me that because I took a great deal of trouble. Also it gives me great pleasure, a good name. I always in writing start with a name. Give me a name and it produces a story, not the other way about normally.

G: Of the languages you know which were the greatest help to you in writing The Lord of the Rings?

T: Oh lor ... of modern languages I should have said Welsh has always attracted me by it's style and sound more than any other, ever though I first only saw it on coal trucks, I always wanted to know what it was about.

G: It seems to me that the music of Welsh comes through in the names you've chosen for mountains and for places in general.

T: Very much. But a much rarer, very potent influence on myself has been Finnish.

G: Is the book to be considered as an allegory?

T: No. I dislike allegory whenever I smell it.

G: Do you consider the world declining as the Third Age declines in your book and do you see a Fourth Age for the world at the moment, our world?

T: At my age I'm exactly the kind of person who has lived through one of the most quickly changing periods known to history. Surely there could never be in seventy years so much change.

G: There's an autumnal quality throughout the whole of The Lord of the Rings, in one case a character says the story continues but I seem to have dropped out of it ... however everything is declining, fading, at least towards the end of the Third Age every choice tends to the upsetting of some tradition. Now this seems to me to be somewhat like Tennyson's "the old order changeth, yielding place to new, and God fulfills himself in many ways". Where is God in The Lord of the Rings?

T: He's mentioned once or twice.

G: Is he the One?...

T: The One, yes.

G: Are you a theist?

T: Oh, I'm a Roman Catholic. Devout Roman Catholic.

G: Do you wish to be remembered chiefly by your writings on philology and other matters or by The Lord of the Rings and The Hobbit?

T: I shouldn't have thought there was much choice in the matter - if I'm remembered at all it will be by The Lord of the Rings I take it. Won't it be rather like the case of Longfellow, people remember Longfellow wrote Hiawatha, quite forget he was a Professor of Modern Languages!