El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumando a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (cf. 10,46).
En la última parte del trayecto se produce un acontecimiento particular, que aumenta la expectativa sobre lo que está por suceder y hace que la atención se centre todavía más en Jesús. A lo largo del camino, al salir de Jericó, está sentado un mendigo ciego, llamado Bartimeo. Apenas oye decir que Jesús de Nazaret está llegando, comienza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47). Tratan de acallarlo, pero en vano, hasta que Jesús lo manda llamar y le invita a acercarse. «¿Qué quieres que te haga?», le pregunta. Y él contesta: «Rabbuní, que vea» (v. 51). Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha salvado». Bartimeo recobró la vista y se puso a seguir a Jesús en el camino (cf. v. 52). Y he aquí que, tras este signo prodigioso, acompañado por aquella invocación: «Hijo de David», un estremecimiento de esperanza atraviesa la multitud, suscitando en muchos una pregunta: ¿Este Jesús que marchaba delante de ellos a Jerusalén, no sería quizás el Mesías, el nuevo David? Y, con su ya inminente entrada en la ciudad santa, ¿no habría llegado tal vez el momento en el que Dios restauraría finalmente el reino de David?
Grabado de Hans Collaert
También la preparación del ingreso de Jesús con sus discípulos contribuye a aumentar esta esperanza. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy (cf. Mc 11,1-10), Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. Desde allí, envía por delante a dos discípulos, mandándoles que le trajeran un pollino de asna que encontrarían a lo largo del camino. Encuentran efectivamente el pollino, lo desatan y lo llevan a Jesús. A este punto, el ánimo de los discípulos y los otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima del pollino; otros alfombran con ellos el camino de Jesús a medida que avanza a grupas del asno. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a gritar las palabras del Salmo 118, las antiguas palabras de bendición de los peregrinos que, en este contexto, se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10). Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. Y todo el mundo está allí, con creciente expectación por lo que Cristo hará una vez que entre en su ciudad.
Pero, ¿cuál es el contenido, la resonancia más profunda de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12,2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, especialmente en la oración de los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad. Así, a la luz de Cristo, la humanidad se reconoce profundamente unida y cubierta por el manto de la bendición divina, una bendición que todo lo penetra, todo lo sostiene, lo redime, lo santifica.
Podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad. En esta mirada se transparenta la mirada misma de Dios sobre los hombres que él ama y sobre la creación, obra de sus manos. En el Libro de la Sabiduría, leemos: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste;… Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sb 11,23-24.26).
Grabado al acero de 1857
Volvamos al texto del Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?
Queridos jóvenes que os habéis reunido aquí. Esta es de modo particular vuestra Jornada en todo lugar del mundo donde la Iglesia está presente. Por eso os saludo con gran afecto. Que el Domingo de Ramos sea para vosotros el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de vuestra vida de cristianos. Como he querido recordar en el Mensaje a los jóvenes para esta Jornada – «alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4) –, esta es la decisión que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco y de sus primeros compañeros, dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse totalmente al Señor: tenía 18 años, y tuvo el valor de la fe y del amor de optar por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.
Queridos hermanos y hermanas, que reinen particularmente en este día dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de san Andrés, obispo de Creta: «Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo... Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas... Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor”» (PG 97, 994). Amén.
Isaías 60,1-6“¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.”
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Del Santo Evangelio según San Mateo 2,1-12:
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.” En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:” “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.”
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.”
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.
Isaías7:14“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.”Isaías9:5 “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.”Miqueas5:1 “Pero tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir el que será Señor en Israel; y cuyos orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad.”
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Del Santo Evangelio
según San Lucas 2,1-20:
Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad.
También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que mientras ellos estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso velando por turno su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de gran temor. Y el ángel les dijo:
No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Y de pronto se juntó con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababa a Dios, diciendo:
¡Gloria a Dios en las alturas! y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace
A continuación, un fragmento bellísimo de las visiones que Ana Catalina de Emmerick (1774-1824; una de las grandes místicas católicas de los últimos siglos, beatificada por el papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004) tuvo acerca de Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. El conjunto de sus visiones, del cual forma parte este fragmento, fue relatado por ella misma en sus últimos años de vida al escritor Clemente Brentano. Por supuesto, estas visiones no son verdad revelada, como sí lo son los Evangelios, sin embargo nos complace subirlo a esta bitácora por su belleza deslumbrante. Helo aquí:
"He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el pecho. El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía.
Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.
Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces que los ángeles, en forma humana, se hincaban delante del Niño recién nacido para adorarlo.
He visto en muchos lugares, hasta en los más lejanos, una insólita alegría, un extraordinario movimiento en esta noche. He visto los corazones de muchos hombres de buena voluntad reanimados por un ansia, plena de alegría, y en cambio, los corazones de los perversos llenos de temores.
A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores, había una colina. En las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores. Al nacimiento de Jesucristo vi a estos tres pastores muy impresionados ante el aspecto de aquella noche tan maravillosa; por eso se quedaron alrededor de sus cabañas mirando a todos lados.
Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria sobre la gruta del pesebre. Mientras los tres pastores estaban mirando hacia aquel lado del cielo, he visto descender sobre ellos una nube luminosa, dentro de la cual noté un movimiento a medida que se acercaba. Primero vi que se dibujaban formas vagas, luego rostros, y finalmente oí cantos muy armoniosos, muy alegres, cada vez más claros. Como al principio se asustaron los pastores, apareció un ángel entre ellos, que les dijo: ‘No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo de Israel. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre’. Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez más intenso a su alrededor. Vi a cinco o siete grandes figuras de ángeles muy bellos y luminosos. Oí que alababan a Dios cantando: ‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’.
He aquí que el sitio web Infovaticana recién ha publicado un texto que versa sobre El Retorno del Rey, tercera parte de El Señor de los Anillos. Trata el artículo sobre la relación que existe entre la Dama Galadriel y Nuestra Señora la Virgen María, relación que nos parece evidentísima a los católicos amén que así lo confesó el mismo J.R.R. Tolkien. El texto es obra del P. José María (Paterjm) y por su belleza y luminosidad he aquí que lo copiamos en esta bitácora. Helo aquí:
Por Paterjm | 15 mayo, 2021:
Este fin de semana asistiremos al colofón del gran evento cinematográfico del año: el reestreno El señor de los anillos con motivo de su vigésimo aniversario. En efecto, durante este mes de mayo hemos podido disfrutar otra vez de la cinta que lo inició todo: La comunidad del anillo; de su flamante continuación: Las dos torres, y ahora, de su final: El retorno del rey. De las tres, esta última es quizás la que encierra una iconografía cristológica más evidente; por este motivo, intentaremos arrojar un poco de luz sobre ella, de manera que la disfrutemos en mayor medida cuando la veamos por última vez en pantalla grande.
Antes de comenzar, debemos acordarnos de que Tolkien nunca quiso hacer una alegoría explícita sobre la fe, sino que esta apareció en su obra de manera paulatina y casi sin que él se diera cuenta (¿no fue el mismísimo Señor quien aseveró: «De lo que abunda el corazón habla la boca»?); es más, en una de sus cartas asegura que incluso renunció a que aparecieran ceremonias religiosas, para no identificar a sus personajes con un credo concreto. Pero ello no obsta para que el catolicismo rezume en cada una de sus páginas y que él mismo corrobore que se trata de un libro eminentemente religioso y especialmente católico.
Sin embargo, hay dos personajes en el libro (y en la película) que sí pueden ser identificados fácilmente con dos protagonistas de la historia sagrada: estamos hablando de Galadriel y Aragorn, que simbolizan de manera respectiva a la Virgen María y Jesucristo. Y así, aunque el verdadero objeto de nuestro texto es el segundo, pues es el que implícitamente da título al film (y al libro), será conveniente también que indaguemos en la figura de la primera. Como decíamos en el artículo anterior, hoy se pretende dar una interpretación arreligiosa de la novela, pero eso es harto difícil, puesto que la fe –la católica– está presente en toda ella, y Galadriel (o la Virgen María, banderín característico de cualquier católico) es prueba de ello.
Muchos años antes de publicar El señor de los anillos, J.R.R. Tolkien le dedicó a la Madre de Dios este poema navideño:
«María en este mundo de abajo cantó
oyeron elevarse su canción
sobre la niebla y la nieve de la montaña
hasta los muros del paraíso
y se agitó la lengua de muchas campanas
al sonar en las torres del cielo
cuando se oyó la voz de una doncella mortal
era la madre del Rey celestial. Feliz es el mundo
y clara es la noche
con estrellas sobre su cabeza
y el salón repleto de risas y luz
y los fuegos ardiendo rojos. Las campanas del paraíso
suenan ahora
con repiques de Cristiandad
y ‘Gloria’, ‘Gloria’ cantaremos
que Dios a la tierra acaba de llegar»
Y es que él siempre consideró a la Virgen María como un modelo de maternidad perfecta, de entrega, luz y cariño, pues así se lo había enseñado su propia madre, que murió en la miseria después de que se familia la repudiase al convertirse al catolicismo.
Años después, el confesor del escritor, el jesuita Robert Murray, consciente de esta devoción, no bien leyó El señor de los anillos, le preguntó si Galadriel era una alegoría de la Virgen, a lo que aquel respondió que sí; más aún, le aseguró que en ella se fundaba toda su escasa percepción de la belleza, tanto en majestad como en simplicidad, y que por este motivo había querido representarla en la dama de los elfos. Y es fácil intuirlo, porque ambas mujeres son hermosas y nobles, y vencen el mal con la fuerza de su humildad (cfr. Lc 1, 48. 52); además, ambas son mediadoras de todas las gracias, puesto que conceden a los cristianos (o a la comunidad del anillo) los elementos que necesitan para progresar en su camino (en el caso de Galadriel, la luz de Eärendil, con la que se vence el poder de las tinieblas, como quedará claro en el antro de Ella-Laraña)[1].
El director de la cinta, Peter Jackson, sabedor de esta implicación religiosa, quiso que en su obra quedara de manifiesto el aura espiritual de Galadriel. Por este motivo, se inspiró en las apariciones de la Virgen para describir a la dama elfa: su cabello lacio, su tez blanca y su ropa inmaculada dan fe de ello. Sobre todo, hay una expresión que él mismo acuñó y que recoge muy bien este empeño por mantener viva la esencia mariana del personaje: «Sus ojos eran jóvenes, pero en lo profundo se veía su eterna sabiduría, como si en ellos se reflejase la luz de las estrellas»[2]. Por esta razón, compró miles de bombillas de Navidad, para que inundasen con su titilante resplandor el set, como si el cielo hubiese bajado al suelo que estaba siendo hollado por la Madre de Dios (o por la reina de los elfos)[3].
¿Y qué pasa con Aragorn, auténtico objeto de nuestro estudio? Si recordamos, el mundo había quedado bajo el poder del demonio cuando este engañó al hombre, para que desobedeciese a Dios y comiera del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (o bien, la Tierra Media había quedado bajo el dominio de Sauron cuando este engañó a los hombres, haciéndoles creer que con su anillo serían poderosos). De este modo, el rey de la creación, Cristo (cfr. Col 1, 12-20), se vio desplazado de su trono, aunque nunca renegó de él, por lo que decidió volver y recuperarlo. Para ello, aun teniendo dignidad divina, se disfrazó de mendigo, pues tomó carne humana para pasar por uno de tantos (cfr. Flp 2, 6-11); buscó a un grupo de compañeros, para que le ayudasen a divulgar su mensaje, y finalmente recuperó su corona y gobernó (y aún gobierna) sobre toda la tierra.
Aragorn, pues, es ese monarca absoluto de la Tierra Media que es profetizado desde antiguo, el que ha de regir los destinos de los pueblos con mano misericordiosa; es el rey cuya corona le ha sido arrebatada por el enemigo, pero que él reclama para bien de los suyos. Según las leyendas, será reconocible porque, entre otras cosas, tendrá poder para curar milagrosamente mediante la imposición de sus manos (como Cristo en el Evangelio). Pero no volverá majestuosamente, sino que se disfrazará como uno de tantos –como un montaraz cualquiera–, para recuperar lo que proviene de su padre, y tendrá un grupo de amigos fieles que pedirán también su regreso al trono. Y no sólo, también bajará a los infiernos para redimir a los hombres que yacen en él y hacerlos miembros de su séquito, de la Iglesia (como Cristo bajó al purgatorio para hacer lo propio con las personas que le habían sido fieles, pero que aún no podían ascender a los cielos)[4].
Pero como decíamos en el artículo anterior, Tolkien no quiere identificar explícitamente a sus personajes con los protagonistas de la historia sagrada. Por este motivo, esta metáfora cristológica también puede ser encontrada en otros momentos del relato: por ejemplo, en Frodo, que carga con el anillo –el pecado– para arrojarlo al monte del Destino y que el hombre, por tanto, no vuelva a ser esclavizado por él; o en Sam, que ayuda a Frodo a portar la maligna sortija, ¡y a portar al propio Frodo!, como Cristo, que siendo cireneo de todos nosotros, nos ayuda a cargar con nuestra cruz de cada día (cfr. Mt 16, 24). Incluso en El hobbit podemos encontrar esta diáfana comparación, pues el enano Thorin también reclama su trono (esta vez, bajo la montaña Solitaria), y para ello se sirve de la fidelidad de doce compañeros (y del famoso Bilbo Bolsón).
El caso de Bilbo en El hobbit merecería un artículo aparte, pues también es un relato cristológico sobre la recuperación del trono, la vocación (Bilbo siente la llamada a colaborar con Cristo en este empeño y es impulsado por el poder de la gracia) y el papel de la Providencia en todo ello: «—¡Entonces las profecías de las viejas canciones se han cumplido de alguna manera! —dijo Bilbo. —¡Claro! —dijo Gandalf—. ¿Y por qué no tendrían que cumplirse? ¿No dejarás de creer en las profecías solo porque ayudaste a que se cumplieran? No supondrás, ¿verdad?, que todas tus aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia, ¡eres solo un simple individuo en un mundo enorme!». En las películas (muy criticadas por ser tres, cuando el libro da solamente para una, pero que a mí me parecen magníficas) está muy bien representada esta metáfora; aunque, como decimos, será objeto de un siguiente texto, no de este.
Ahora, sin embargo, solo nos queda disfrutar de El retorno del rey, que llega de vuelta este fin de semana a nuestras pantallas. Y cuando la veamos, acordémonos de esa simbología implícita de Cristo, que es el mesías esperado, el auténtico rey de la Tierra Media, que ha venido para recuperar su trono y aherrojar a Sauron en el infierno. Y cuando salgamos del cine, preguntémonos si queremos formar parte de esa comunidad del anillo, la que ha sido llamada a colaborar con la vuelta del monarca, para colocarle la corona que nunca debería haber perdido. Por mi parte, estoy dispuesto a luchar a su favor –¡contad con mi hacha!–, y aunque sea débil, y le falle una y otra vez (me convierta a veces en un Boromir cualquiera), procuraré serle fiel hasta el final: «Te habría seguido, mi hermano, mi capitán, mi rey»[5].
[1] Otra gracia que reciben los aventureros es el pan élfico (o lembas), símbolo ineludible de la eucaristía.
[2] Hay que decir que esta expresión la parafrasea Jackson del propio Tolkien, quien, para describir a Galadriel (y a Celeborn), dice: «No había ningún signo de vejez en ellos, excepto quizás en lo profundo de los ojos, pues estos eran penetrantes como lanzas a la luz de las estrellas y, sin embargo, profundos, como pozos de recuerdos».
[3] Tan orgulloso se sintió Jackson de esta interpretación que quiso que Galadriel volviese a aparecer bajo las mismas condiciones en El hobbit, la trilogía de precuelas de El señor de los anillos, pese a que en el texto original de Tolkien no esté.
[4] Propiamente, Cristo bajó al seno de Abrahán, un espacio –ya cerrado– donde las almas justas aguardaban la redención que él trajo al mundo.
[5] Por cierto, atención al momento en que Gandalf le explica a Pippin que la muerte es solo otro sendero que recorreremos todos: «El velo gris de este mundo se levanta, y todo se convierte en plateado cristal. Es entonces cuando se ve… la blanca orilla, y más allá, la inmensa campiña verde tendida ante un fugaz amanecer». ¡Catolicismo puro!
He aquí una magnífica joya audiovisual a cargo del profesor Eduardo Segura, historiador, filósofo, filólogo y especialista en Tolkien, que tuvo lugar en Granada en el año del Señor de 2018.
Tal y como nos explica la información del vídeo, se trata de la recopilación en un sólo documento de seis partes inicialmente diferenciadas aunque íntimamente relacionadas. Y son estas, junto con el minutaje que las localiza en el vídeo:
Parte I: Imaginación, confianza y belleza. 00:00-11:50.
Parte II: De la Gran Guerra a la Tierra Media: palabras, canciones, memoria. 11:50-23:40.
Parte III: La inspiración lingüística de El Silmarillion. 23:40-35:57.
Parte IV: Palabras y recreación del mundo. 35:57-47:37.
Parte V: El SIlmarillion: arte y sentido. 47:37-59:42.
Parte VI: Mito-poeia: el quehacer del artista como teo-logía. 59:42-01:06:42
Es la gran noticia que atraviesa la historia: ¡¡¡Cristo ha resucitado!!! Con la resurrección de Jesucristo Nuestro Señor se inaugura el fin de los tiempos pues la muerte, consecuencia del Pecado, ha sido vencida. En la Pascua de resurrección la Cruz se transforma en el nuevo y definitivo árbol de la vida para los bautizados en Cristo que en Él creen. Y así, Cristo resucitado continúa llamando, hoy, a los muertos que caminan por las calles respirando la nada y yendo hacia la nada (ojo, una nada eterna que existe y arde como el mismísimo ojo de Sauron). Surrexit Dominus vere, Alleluia, Alleluia!!!
¡¡¡Feliz Pascua de resurrección!!!
"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?"
(Lucas, 24 - 5)
*
Regina caeli, laetare, alleluia. Quia quem meruisti portare, alleluia. Resurrexit, sicut dixit, alleluia. Ora pro nobis Deum, alleluia. Gaude et laetare Virgo María, alleluia. Quia surrexit Dominus vere, alleluia.